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Cuidado con el pequeño sátrapa (consejo para las elecciones)

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¿Por qué deberíamos tener mucho más interés en las elecciones no presidenciales? Es una pregunta que se contesta con muchos elementos, entre ellos, algunos de la historia reciente de nuestro país. Sin embargo, piense el lector por un momento en lo siguiente: ¿con qué autoridades tiene mas contacto?, ¿con las del gobierno federal (presidente)? o ¿con las del nivel local (gobernadores y alcaldes)?

Sin lugar a dudas, este proceso electoral tiene sus propias particularidades: lo han llamado el más importante de la historia contemporánea de México, se enmarca en el voto de castigo y en una crisis de partidos, y más aún la debacle de los partidos tradicionales, situación que ha capitalizado el Movimiento de Regeneración Nacional; sin embargo, también resalta, por mucho, la posible alternancia de la cabeza del Poder Ejecutivo en la figura de Andrés Manuel López Obrador. A pesar de esta enorme y trascendente situación, hay en estas elecciones otras circunstancias, no menos importantes, que parece que no se les considera tan relevantes. Me refiero a las elecciones no presidenciales, que son muchísimas, tanto en el ámbito federal como en el local. De acuerdo con el Mapa Electoral del INE, habrá elecciones locales en 32 entidades federativas; en nueve de ellas se van a elegir gobernadores y en otras se renuevan congresos locales y ayuntamientos. Lo anterior suma más de tres mil 400 posiciones de elección popular, pero, insisto, la mayor preocupación recae en quien va a ocupar la Presidencia de la República.

¿Por qué deberíamos tener mucho más interés en las elecciones no presidenciales? Es una pregunta que se contesta con muchos elementos, entre ellos, algunos de la historia reciente de nuestro país. Sin embargo, piense el lector por un momento en lo siguiente: ¿con qué autoridades tiene mas contacto?, ¿con las del gobierno federal (presidente)? o ¿con las del nivel local (gobernadores y alcaldes)? Cuando salga de su casa hágase la pregunta: ¿a quién se le debe todo el malestar que está en el entorno al momento de caer en uno de los millones de baches, en la policía que lo extorsiona, en las oficinas del Ministerio Público, en las que hacen todo lo posible por no trabajar, en el ambulantaje desmedido y sin control sanitario, en la autorización de los nuevo edificios, el cambio del uso de suelo, la “mordida” en los trámites vehiculares —incluidas la verificación y tenencias—, las típicas inundaciones atípicas, la basura, la poda indiscriminada en los árboles, la desaparición de parques, el uso infame de recursos para damnificados del temblor en cuestiones electorales, la vialidad y movilidad, el Metro y el transporte público, incluida la incivilidad de los “microbuseros” y un enorme etcétera? En todos estos casos, tan impertinentes y molestos para la ciudadanía, el presidente de la República no tiene competencia. En la mayor parte de nuestra vida, las relaciones con entidades públicas se llevan a cabo con los regímenes locales de gobierno.

Sin restarle importancia a la elección presidencial, los mexicanos debemos investigar, informarnos, discutir, comentar sobre los perfiles que están en juego en nuestra comunidad, es decir, los aspirantes a alguno de los escaños del ámbito local

México viene de una larga tradición de imposición de la figura del presidente de la República sobre todas las instituciones del país. Una de las obras clásicas de Jorge Carpizo, El presidencialismo mexicano, analiza la concentración del poder que tenía esta figura a partir de las facultades constitucionales y metaconstitucionales; sin duda, eso ya no tiene la misma vigencia. Lo explico: no vivíamos bajo un régimen presidencial, sino “presidencialista”, es decir, radicalmente presidencial. Por ejemplo, en 1982, López Portillo nacionalizó la banca, devaluó la moneda y creó un escenario inflacionario que marcó la crisis de toda una generación; a partir de estos episodios de él y otros presidentes, llenos de abuso y concentración de poder, en un proceso de varias décadas se ha venido desmantelando la institución del presidente, fortaleciendo a los poderes Judicial y Legislativo, pero también restando atribuciones como la función electoral (INE) —que estuvo en la Secretaría de Gobernación—, la política monetaria con el Banco de México (autónomo), la CNDH, el INAI, el Inegi, la Cofece, el Ifetel. Ahora sigue quitarle las funciones de la PGR y del Sistema Nacional Anticorrupción, lo cual dejaría jurídica e institucionalmente disminuido el campo de acción del primer mandatario.

Este proceso de “adelgazamiento”, con sus aciertos y desaciertos, cambió el rumbo del país, pero no la percepción de los ciudadanos sobre la figura del presidente. Aún se cree que el gran Tlatoani puede resolver todos los problemas y, sin duda, ya no es así. Debemos subrayar que si bien en el plano federal quedó atenuado el Poder Ejecutivo, no fue así en la órbita local, esto es, los gobernadores son como fue el presidente antes de que se le quitaran facultades: a ellos nadie los ha desmantelado; en muchos casos, los gobernadores están por encima de los poderes locales y son capaces de provocar un caos económico, político y/o social. Ahí la causa de la mutación de varias instituciones que antes fueron federales, ahora nacionales, esto es, con la intención de crear frenos en el poder público local, dado que no existen, o son débiles, en este ámbito. Vean el escenario: la mayoría de los homicidios en el contexto de estas elecciones corresponden al orden local. En el campo periodístico no hay tanta peligrosidad al evidenciar corrupción en el gobierno federal, pero señalar las tropelías del gobierno local es una actividad ultrarriesgosa. Es mas peligroso para un periodista criticar a un alcalde que al mismo presidente. Si existiera colaboración y cooperación de los gobiernos locales con las instituciones federales, no tendríamos a los militares como policías; el poder se ha disipado.

El consejo: en las elecciones, cuidado con el pequeño sátrapa. Sin restarle importancia a la elección presidencial, los mexicanos debemos investigar, informarnos, discutir, comentar sobre los perfiles que están en juego en nuestra comunidad, es decir, los aspirantes a alguno de los escaños del ámbito local. En todo lo que se emprenda en la vida hay que tomar decisiones, las cuales serán más atinadas en función de la información que tengamos al respecto. En las elecciones sucede exactamente lo mismo, por eso considero que nuestra democracia va a posicionarse cuando se oriente a partir del voto informado. Hay esfuerzos al respecto. Invito al lector a investigar quiénes son los candidatos que participan en su entorno inmediato. La UNAM y otras instituciones han creado una plataforma para conocer a los candidatos, hagan uso de ella y ejerzan su derecho a ser representados: http://votoinformado2018.unam.mx/.

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Esta es la edición que antecede al 1 de julio. Con anterioridad, en estas mismas páginas, hemos ofrecido a nuestros lectores información que, de un modo u otro, impulsa a tomar una decisión razonada.

A unos días de celebrarse la elección presidencial, prácticamente, toda la información que circula, tanto en redes sociales como en los medios de comunicación tradicionales, gira entorno a que “este arroz ya se coció”.

Hay indicios de que el candidato de la coalición Juntos Haremos Historia, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), ganará la Presidencia de la República. La mayoría de las encuestas le dan al tabasqueño una amplísima ventaja, aparentemente irremontable para sus adversarios. Los números son irrefutables, dicen.

Aunado a ello, hemos visto a algunos sectores congraciarse con López Obrador. Aquellos empresarios que se enfrascaron en una pelea de declaraciones con el candidato, hoy divulgan que la relación entre ellos es de lo más tersa.

Sí, hay señales que indican que AMLO tiene allanado el camino hacia Palacio Nacional, y no existe fuerza política que le detenga.

Si bien existen números que permiten pensar en la victoria de Andrés Manuel, es justo también precisar que del dicho al hecho hay un enorme trecho; y será el 1 de julio la fecha en la que, de una vez por todas, se sabrá quien presidirá el Poder Ejecutivo de este país.

Pero, gane quien gane, debe persistir un ambiente de unidad, México lo necesita. De ahí que salten varias dudas. ¿Todos los candidatos estarían dispuestos a aceptar la derrota? De perder, ¿quién de los cuatro estaría dispuesto a formar parte de un gobierno de coalición encabezado por alguno de sus contendientes? De ganar, ¿el próximo presidente estaría dispuesto a impulsar un diálogo con el resto de los partidos?

Pensar que una sola persona puede cambiar a todo un país es ingenuo. No nos confundamos.

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