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La Fepade rumbo al 1º de julio

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.. cientos de miles de servidores públicos de la administración pública federal, estatal y municipal estarán prestando sus servicios para que cada persona pueda ejercer su derecho soberano a elegir a los gobernantes desde sus preferencias y en libertad. En el despliegue ministerial de justicia penal electoral participarán los agentes del Ministerio Público de la Federación (AMPF) y de la Policía Federal Ministerial (PFM) en las 32 entidades, en coordinación con autoridades locales y federales, en especial con procuradurías y secretarías de seguridad pública, así como con policías municipales…

Las instituciones del Estado mexicano —de los tres órdenes de gobierno y de los tres poderes públicos— participan y son responsables del desarrollo de las elecciones en condiciones de institucionalidad democrática, gobernabilidad, seguridad, paz y estabilidad social, así como en el marco de un clima que abone al debate cívico de la diversidad política.

En ese contexto se inscriben las acciones que la Fiscalía Especializada para la Atención de los Delitos Electorales (Fepade), con el apoyo de la Procuraduría General de la República (PGR), desarrolla para acercar la función del Ministerio Público especializado a la ciudadanía antes, durante y después de la jornada electoral. Con esta estrategia se tendrá presencia y capacidad operativa en las 32 entidades del país para brindar atención inmediata ante denuncias en materia penal electoral, inhibir los delitos y abonar a las condiciones de confianza pública en la elección.

El despliegue ministerial es posible con la articulación de capacidades de instancias federales, estatales y municipales en las materias electoral, de seguridad, de justicia y de gobierno. Por ello se articulan las acciones de la Policía Federal, el Instituto Nacional Electoral (INE), los tribunales electorales y los Organismos Públicos Locales Electorales (OPLE) de las 32 entidades, así como gobernadores; fiscales o procuradores estatales y fiscales especializados en delitos electorales; policías estatales y municipales, y las secretarías de la Defensa Nacional (Sedena) y de Marina Armada de México (Semar).

La coordinación interinstitucional permitirá dar vigencia a la responsabilidad del Estado con la legalidad y la legitimidad de la elección. La protagonista de esta elección es la ciudadanía. Que cada persona vote en libertad y bajo sus preferencias es un acto de afirmación de la soberanía popular…

Se trata una acción concertada en todo el territorio para brindar certeza y confianza a la ciudadanía, y de acciones especializadas en materia de justicia penal electoral para contribuir a la legalidad y legitimidad de la jornada electoral. Para ello, cientos de miles de servidores públicos de la administración pública federal, estatal y municipal estarán prestando sus servicios para que cada persona pueda ejercer su derecho soberano a elegir a los gobernantes desde sus preferencias y en libertad.


En el despliegue ministerial de justicia penal electoral participarán los agentes del Ministerio Público de la Federación (AMPF) y de la Policía Federal Ministerial (PFM) en las 32 entidades, en coordinación con autoridades locales y federales, en especial con procuradurías y secretarías de seguridad pública, así como con policías municipales. De igual forma, el estado de fuerza de la Policía Federal Ministerial de la PGR se reportará en funciones en las delegaciones y subdelegaciones estatales para atender cualquier eventualidad, y la Policía Federal desplegará elementos para acompañar estas labores.

La coordinación interinstitucional permitirá dar vigencia a la responsabilidad del Estado con la legalidad y la legitimidad de la elección. La protagonista de esta elección es la ciudadanía. Que cada persona vote en libertad y bajo sus preferencias es un acto de afirmación de la soberanía popular; es ahí donde inicia y se recrea toda democracia posible: en el voto libre de coacción y condicionamientos.

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La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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