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Jorge Blancas, carta, 245 KB
Los mexicanos tienen una capacidad intrínseca para sobreponerse y sacar lo mejor de sí en situaciones insalvables. FOTO:Reporte Nivel Uno

México es experto en reinventarse. Cada seis años, con los cambios de gobierno o cuando sucede alguna tragedia como los sismos del 19 de septiembre del año pasado, los mexicanos tienen una capacidad intrínseca para sobreponerse y sacar lo mejor de sí en situaciones, aparentemente, insalvables. Lo dijo Octavio Paz: “La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de la victoria, nos conmueve la entereza ante la adversidad”.

Las elecciones de este 1 de julio permiten a un importante sector de la sociedad llenar sus alfolíes de esperanza renovada. La apuesta ganadora, la de Andrés Manuel López Obrador, que enarbola la idea de una cuarta transformación pacífica, se impuso frente a la absurda presunción de quienes creían que el país no está tan mal como se cree y que, además, se construyeron por décadas las bases que permitirían hacer de México una nación próspera y equitativa.

Se equivocaron quienes, en la comodidad de su posición privilegiada, veían un México distinto, un país producto de las mañas culturales, enraizadas en los ciudadanos por siglos; de ahí la justificación de que el gobierno no está obligado a tener la iniciativa para cambiar las cosas, sino la sociedad.

Los ciudadanos, en su mayoría, se pusieron de acuerdo y optaron por un presidente que, si bien tiene visibles defectos, no es más que un medio moral para reducir la corrupción que sí, absolutamente todos, practicamos.

En días pasados, en las redes sociales vi un meme que más o menos rezaba de la siguiente forma: “Candidato (le preguntaban a AMLO), ¿qué va a hacer su gobierno para evitar la extinción del ajolote?”, y el respondía: “Acabar con la corrupción”. La ironía de la pregunta y la respuesta estaba implícita, sobre todo porque López Obrador ha hecho del combate a la corrupción su única propuesta, y muchos han satirizado sobre ello. Pero, casualmente, me topé con una nota periodística en la que un grupo de especialistas, encabezados por el investigador de la UNAM Luis Zambrano, recibían 7.5 millones de pesos, seis meses después de haberlos solicitado, para iniciar la primera etapa del rescate del anfibio mexicano, y solo porque algún funcionario así lo decidió. El chiste se cuenta solo.

Todos los males de este país tienen su inicio en la corrupción. Póngase a pensar y no encontrará un argumento que lo contradiga.

La frase común: “La gente no cambia”, no aplica para los mexicanos. En las últimas décadas hemos dejado de fumar en lugares públicos, respetamos el carril del Metrobús, recogemos las heces de nuestras mascotas en la vía pública, hemos avanzado en el respeto de los derechos de la comunidad LGBT y hasta, en últimas fechas, he visto cómo más personas se unen a la campaña de no usar popotes.

De que podemos cambiar, podemos; y eso no depende de un presidente de la República, pero ayuda.

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Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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