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El día siguiente a la elección

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Tonatiúh Medina, elección, 195 KB
El día que este artículo vea la luz, la elección ya se habrá celebrado. FOTO: Reporte Nivel Uno

Sea cual sea el resultado hay dos escenarios que cambian porque cambian: el modelo electoral y el escenario político, y es justo ahí en donde cada tres años, cada seis, el PRI abre el clóset, sus antiguos arcones y cambia de vestimenta, liderazgos y cuadros destacados. En una suerte de milenario cónclave van ideando y diseñando las nuevas formas de enfrentar la competencia política, que, es justo decirlo, se ha vuelto más dinámica y, por lo tanto, descarnada

El día que este artículo vea la luz, la elección ya se habrá celebrado; y, sin lugar a duda, sabremos el nombre del ganador. Conoceremos quiénes ganarán algo y quiénes perdieron todo o están al borde la extinción.

Elección tras elección, desde el año 2000, un buen grupo de analistas ha firmado con sangre el acta de defunción del Partido Revolucionario Institucional (PRI), y este 2018 no ha sido ni será la excepción. Guardo un agridulce recuerdo de uno de mis más destacados maestros que decidió escribir para Milenio un texto con un título que directamente sugería la extinción de los dinosaurios: es obvio que su credibilidad y capacidad de análisis se vieron mermadas.

¿Acaso el PRI no puede desaparecer? Técnicamente sí, podría, pero todavía no es su tiempo ni su momento. Son miles los militantes, cuadros y simpatizantes que alimentan la maquinaria, son muchos los intereses que se cuidan y mantienen, pero, sobre todo, se quiera aceptar o no, las aportaciones del Revolucionario a la vida pública son muchas, generosas y variadas.

La vida política forma esas grandes agrupaciones, que llámeseles como esta, populares, o llámeseles partidos políticos, son las que desenvuelven la personalidad del ciudadano, le dan conciencia de su derecho y el sentimiento de la solidaridad en los destinos comunes.

Leandro Alem

Sea cual sea el resultado hay dos escenarios que cambian porque cambian: el modelo electoral y el escenario político, y es justo ahí en donde cada tres años, cada seis, el PRI abre el clóset, sus antiguos arcones y cambia de vestimenta, liderazgos y cuadros destacados. En una suerte de milenario cónclave van ideando y diseñando las nuevas formas de enfrentar la competencia política, que, es justo decirlo, se ha vuelto más dinámica y, por lo tanto, descarnada.

¿Qué podría pasar?

Vamos a ser testigos de un éxodo de políticos. Algunos traicionados y perdedores regresarán a los sitios que en algún momento les dieron alas para volar; otros querrán, sin lugar a dudas, hacerse de las dirigencias y los espacios de poder al interior de sus partidos; unos buscarán el registro de nuevos partidos políticos; otros más decidirán traicionarse a sí mismos y buscar nuevos derroteros; y un número menor, pero no por ello menos importante, abandonará la actividad política.

¿Qué pasará con el PRI?

Sin importar el resultado, el cambio de dirigencia es probable, pero no será automático. El presidente del Comité Ejecutivo Nacional merece una salida digna, decorosa y muy respetuosa; su trabajo ha sido formidable, la pasión y compromiso mostrados harán de él un fiel de la balanza, sin embargo, San Lázaro lo espera con una curul. A su salida, el PRI se encontrará en una encrucijada cruel.

Será necesario poner los pies en la tierra, sea como opositores o aliados afines al Ejecutivo que sea electo; la vida continúa y se tendrá que trabajar a como dé lugar. Será obligatorio hacer números y medir el peso específico al interior de las cámaras, tanto de diputados como de senadores. Los grupos parlamentarios tricolores podrían ser desde meramente testimoniales, pasando por mecanismos bisagra, hasta hegemones con clara mayoría. A partir de ahí será necesario cuestionarse si se desea actuar como una oposición leal o una contestataria; cuáles serán los temas que se estarían dispuestos a apoyar y cuáles no. Eventualmente, se tendrá que observar el tipo de vasos vinculantes construidos con los adversarios, sobre todo, después de una campaña tan subida de tono y amenazante.

La dirigencia del tricolor deberá observarse a sí misma en el espejo para cuestionarse la necesidad y pertinencia de reformarse al interior. Las posiciones económicas y sociales del partido son las de un órgano político de centro derecha; es necesario hacer notar que en esta pasada elección no hubo un instituto político capaz o formalmente instituido como un polo de izquierda, es algo que no existe y parece que el ciudadano tampoco está muy interesado en que vuelvan a respirar por el momento. ¿Es la social democracia una vía transitable en los documentos internos del PRI? Particularmente, creo que no.

Ante la aparición de la Asamblea de Gobernadores de Acción Nacional, cabe preguntarse la pertinencia de la creación de nuevos polos de poder encabezados por gobernadores afines, la desaparición o fortalecimiento de la Conferencia Nacional de Gobernadores o los esfuerzos aislados. Lo cierto es que tratar con los gobernadores que puedan emanar de Morena es, hoy por hoy, un verdadero misterio; los militantes y cuadros de este partido se han caracterizado por radicalizarse en cualquier tipo de negociación, sin embargo, en política la única constante es la variable y es obligado otorgarles, al menos, el beneficio de la duda.

Es menester construir un rápido y efectivo diagnóstico nacional respecto al número de diputaciones locales y alcaldías que fueron retenidas o conquistadas, y cuáles y cuántas se perdieron. ¿Para qué? Sea cual sea la posición del PRI, aliado u opositor, toda reforma constitucional pasa por el tamiz de las legislaturas estatales, el Ejecutivo no puede tenerla fácil en un posible paquete de reformas. Las negociaciones son obligadas para abonar en lo que se cree sería positivo para la república y para enmendar lo que se estima negativo; ello sin demerito de ganar terreno en próximas mesas políticas o para la elección del 2021.

Es un enorme error pensar que el gran cambio tiene que venir desde los partidos políticos. No, tiene que venir desde cada uno. Los seres humanos tenemos que aprender a respetarnos a nosotros mismos y después respetar a los demás. No sé quién dijo que primero tenemos que aprender a tolerar, pero que mejor que eso es aprender a respetar al otro.

Mercedes Sosa

Si algo se pondrá a prueba el domingo 1 de julio será la estructura partidaria, su capacidad de reacción y movilización; por ende, el papel jugado por los comités directivos estatales. Esto implicará un juego de recompensas, pero también de ajustes de cuentas: los dinosaurios no olvidan. Las elecciones desde el año 2000 se construyen desde lo local, no desde lo federal; y es algo que pocos partidos han entendido tan bien como el PRI.

Por último, en un examen de conciencia, la dirigencia debe voltear a ver a la base, a mirarse frente a frente, a los ojos, a construir y rehabilitar aquellos viejos puentes y caminos que hombro a hombro han hecho del PRI el único gran constructor de instituciones. De forma unida y ordenada, militantes, simpatizantes y cuadros, desde el más humilde hasta los más encumbrados, tendrán la obligación de cuestionarse respecto a la pertinencia de su presencia en un proyecto que no necesariamente saldrá fortalecido de la elección, así como de las contribuciones personales y grupales necesarias para un partido que, al menos en julio de 2018, no morirá.

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Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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