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México en tus sentidos, México en tus manos

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Eduardo Achach, México, 230 KB
México está en tus manos y depende de tus sentidos para definir el rumbo. FOTO: Reporte Nivel Uno

No hay la más mínima decencia ni recato, así que los ciudadanos requerimos echar mano, incluso, de nuestra intuición, sabiduría, memoria y, sobre todo, ecuanimidad. No debemos perder la calma ni los estribos, y mucho menos perder la fe ni caer en la indolencia. Dejar de ir a las urnas es lo peor que podemos hacer

Hoy, más que nunca, México está en tus manos y depende de tus sentidos para definir el rumbo; y no solo de tus sentidos básicos, como la vista, el olfato, el tacto, el gusto y el oído. También del sentido de la orientación, por ejemplo, para saber y entender dónde está parado México en el plano internacional y hacia dónde va a orientar las velas el nuevo capitán que llegue; el sentido común, que a veces se escapa de nuestra conciencia y parece abandonarnos; el sentido de la honestidad, para elegir al que auténticamente nos parezca que tiene más integridad.

Te pregunto, querido lector: ¿Ya conoces a los candidatos que te corresponden? ¿Sabes de sus respectivas trayectorias, reputación y resultados? O ¿vas a votar por consigna?

La situación no es fácil, la decisión es fundamental.

Hay que usar muy bien el don de la vista y no cerrar los ojos a las evidencias tan claras que tenemos frente a nosotros. ¿Quién auténticamente puede representarnos y llevar a cabo una gestión honesta?

También hay que utilizar el olfato, pues algunas alianzas, de plano, huelen mal. La falta de congruencia, los personajes podridos que llegan a contaminar ideas, trayectorias y reputaciones, representan focos peligrosos de contagio a organizaciones con poca historia.

La escucha es otro de los dones que requerimos utilizar: muchos candidatos son tan contradictorios que ni siguiera hay que contrastar sus declaraciones de hace un año con las de ahora. Si escuchas con atención, te darás cuenta de flagrantes contradicciones de los personajes que nos quieren gobernar, a veces, hasta en el mismo discurso.

Es tiempo ya de que nos ‘pongamos las pilas’ para generar armonía en la sociedad, independientemente de cuánta razón tenga quién, en este mar de injurias, calumnias, escándalos y ataques mutuos. A cada mexicano nos toca hacer lo que corresponde, quizá, por primera vez en nuestra historia

Creo que hasta hay que tener buen gusto y tacto para evaluar bien por quién votar.

Sin embargo, hoy por hoy, es vital hacer uso de otros recursos. No es suficiente ya utilizar nuestros sentidos más accesibles. Estamos expuestos a una multitud de impulsos, imágenes, noticias, memes… muchos de los cuales carecen de toda veracidad, su intención es desorientar, desinformar, sembrar miedo, manipular, amedrentar, confundir.

No hay la más mínima decencia ni recato, así que los ciudadanos requerimos echar mano, incluso, de nuestra intuición, sabiduría, memoria y, sobre todo, ecuanimidad. No debemos perder la calma ni los estribos, y mucho menos perder la fe ni caer en la indolencia. Dejar de ir a las urnas es lo peor que podemos hacer.

Sin embargo, te digo, te afirmo, de hecho, ya sea que vayas o no a las urnas a votar, tú eres responsable de lo que pasa en México, de lo que ha pasado y de lo que puede y va a pasar. Se acabaron los inocentes. Ya sea que tengas la falsa postura de que para qué vas a votar si ya todo está arreglado, o que pienses que tu voto y tu opinión no valen, sigues siendo responsable, y si a la hora de la verdad no te gusta el resultado, te pido que te abstengas de utilizar la queja como un recurso, pues habrás ganado a pulso la situación en la que te encuentres.

El punto aquí es que por lo menos dos terceras partes de la población van a terminar a disgusto con los resultados. Ese problema se genera en buena parte por los abstencionistas, que se niegan a votar con base en diferentes justificaciones al respecto del por qué es inútil votar, lo cual eterniza y valida y justifica, en sus precarias visiones, sus infantiles excusas. En segundo término, los integrantes y/o simpatizantes de las dos coaliciones/alianzas que no resulten ganadoras terminarán también insatisfechos.

El problema ya se ha analizado con bastante detenimiento, sin embargo, no he visto propuestas concretas de cómo revertir la situación y cómo dejar atrás las quejas, frustraciones y enojos por fraudes reales o ficticios.

Es tiempo ya de que nos “pongamos las pilas” para generar armonía en la sociedad, independientemente de cuánta razón tenga quién, en este mar de injurias, calumnias, escándalos y ataques mutuos. A cada mexicano nos toca hacer lo que corresponde, quizá, por primera vez en nuestra historia.

Si vemos o sufrimos un delito es indispensable denunciarlo, sea del orden común, de delincuencia organizada, de corrupción o de cuello blanco. Si vemos basura tirada en la calle, hay que recogerla y, obvio, hay que evitar generar basura. Debemos ser responsables en todos los aspectos de lo que el propio concepto de ciudadanía abarca.

Vialidad, reducir nuestra huella de contaminación, usar menos el carro, caminar más, respetar el reglamento de tránsito y demás reglamentos y leyes.

Durante el Mundial atestiguamos un mal ejemplo: la quema de la bandera alemana por parte de alguien con nula educación y sentido de la decencia. Al día siguiente, los japoneses nos mostraron una vez más el significado de ciudadanía responsable. Afortunadamente, los mexicanos en Rusia comenzaron a imitar el buen ejemplo. Hago votos para que esos 40 mil compatriotas, ahora que regresen, nos ayuden a contagiar ese buen ejemplo.

Nos urge rescatar la honorabilidad, el respeto y la decencia: reglas básicas del civismo, ya casi olvidado por estas nuevas generaciones que, si bien es cierto, tienen al alcance muchísimo más información de la que tuvimos los de mi generación cuando éramos chavales. Sin embargo, entonces respetábamos a la policía, a nuestros semejantes, a nuestros mayores, a nuestros maestros, a nuestros padres y a la autoridad. Y no tiene que ver con que ellos sean respetables o no. El centro del respeto no radica en el receptor de las muestras de respeto, sino en el emisor.

Nuestra tarea más importante es esa entonces: a partir de ya, respetar las diferencias de opinión y visión de nuestros semejantes. Solo así podremos reconstruir los valores que hemos ido erosionando.

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Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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