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El verdadero tsunami

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“El abrupto final de nuestro tradicional sistema de partidos surge de la incapacidad de los institutos políticos de todo el espectro ideológico para adaptarse ante tres cambios radicales en la organización social: la revolución de los datos, el diseño centrado en el usuario y las metodologías para la creación colaborativa. No vivimos una época de cambios, sino un cambio de época.”

El 1° de julio de 2018 es la fecha oficial en la que México inició su siglo XXI. El tsunami que ahora llamamos Andrés Manuel arrasó con la configuración tradicional del sistema político mexicano, pero eso está lejos de ser su objetivo final. El anhelo de cambio que se respira entre las y los mexicanos es mucho mayor que el respaldo a nuestro presidente electo.

Nuestro país no es ajeno a las grandes transformaciones que han acelerado al mundo en las últimas dos décadas y la contundencia del resultado electoral confirma esta condición. El intento del último gobierno de la República por restaurar el antiguo régimen –centralizado, velado y jerárquico– fue un despropósito ante una sociedad en plena metamorfosis.

El abrupto final de nuestro tradicional sistema de partidos surge de la incapacidad de los institutos políticos de todo el espectro ideológico para adaptarse ante tres cambios radicales en la organización social: la revolución de los datos, el diseño centrado en el usuario y las metodologías para la creación colaborativa. No vivimos una época de cambios, sino un cambio de época.

Ejemplificamos estas transformaciones: el mayor acervo de conocimiento del mundo se llama Wikipedia y contiene 48 millones de artículos, escritos en más de 270 idiomas, escritos voluntariamente por personas, principalmente, menores a 40 años (78%). Cada minuto en el

mundo se mandan 12.9 millones de mensajes de texto, se realizan 3.8 millones de búsquedas en Google y se escriben 473 mil tuits; pero al mismo tiempo es 279 veces más probable que algún día escales el Monte Everest a que le des clic a un anuncio en internet.

Mientras que en el mundo la información es cada vez más libre, nuestra clase política insiste en ocultar sus motivaciones, procesos y criterios para decidir sobre asuntos públicos. En un tiempo en que las ideologías se tambalean por ser excluyentes, los discursos de muchas campañas comparten la visión homogénea del ser mexicano que planteó Samuel Ramos a principios del siglo pasado. Cuando los ejemplos de colaboración descentralizada y desinteresada dejaron de sorprendernos, nuestro Jefe de Estado nos recrimina en cadena nacional con un ¿qué hubieran hecho ustedes? (cuando la respuesta ya era irrelevante porque la decisión estaba tomada).

“Solo los que se adaptan sobreviven y por eso los partidos políticos mexicanos están en peligro de extinción. No se trata de colgar los boletines en formato de redes sociales, sino de analizar la reacción de la gente ante tal o cual decisión; no vale hacer foros de consulta sin estar dispuesto a aceptar los acuerdos que se construyan colectivamente; de nada sirve comunicar una buena idea si no se presenta en el lenguaje y formato que la audiencia lo requiere.”

Solo los que se adaptan sobreviven y por eso los partidos políticos mexicanos están en peligro de extinción. No se trata de colgar los boletines en formato de redes sociales, sino de analizar la reacción de la gente ante tal o cual decisión; no vale hacer foros de consulta sin estar dispuesto a aceptar los acuerdos que se construyan colectivamente; de nada sirve comunicar una buena idea si no se presenta en el lenguaje y formato que la audiencia lo requiere. Si las marcas nos han acostumbrado a un buen trato, ¿por qué el gobierno no debería hacerlo también?

Los siguientes meses servirán para ver si el cambio que representa López Obrador es el que logra encauzar la urgencia de cambio que vive nuestro país. Es más fácil diferenciarse para denunciar que para reconstruir. No queda claro si un gabinete con un promedio de edad de 60 años entenderá la velocidad y la dirección de los cambios sociales esperados.

La política del siglo XXI nos obliga a replantearnos todo lo que pensamos que funciona porque exige resolver ciertas paradojas: mensajes que sean simples, pero profundos; ideas ligeras, pero memorables, y frases cotidianas pero usadas excepcionalmente. Aunque no tenemos una solución definitiva a estos oximorones, sí sabemos que para llegar a las respuestas requerimos una actitud de apertura e iteraciones consecutivas.

En los siguientes años veremos cómo se conecta la comunicación política con el desarrollo de políticas públicas. A través de conversaciones permanentes sobre asuntos públicos –con y sin el apoyo de tecnología– devolveremos a la gente el poder que no supieron usar los partidos políticos. Falta ver si esta reapropiación de lo colectivo ocurre con, contra o a pesar de AMLO. La elección del 1° de julio fue el maremoto, el verdadero tsunami todavía no llega.

Opinión

La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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