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“Los problemas de salud pública no desaparecen con oraciones y mucho menos habrá menos embarazos no deseados si agarramos a crucifijazos a todo ser humano con aparato reproductor”

Argumento: Deberíamos pensar qué hubiera pasado si la madre de Mozart decide abortar, o la de Leonardo Da Vinci, o de tantos personajes que han aportado tanto a la humanidad.

Respuesta: Soy una optimista, me gusta más pensar qué hubiera pasado si la madre de Hitler, Milosevic, el “Mochaorejas” o la “Mataviejitas” hubieran abortado.

A: ¿Qué pasa cuando nuestra perrita queda embarazada? No la llevamos al veterinario para que aborte. Nos lamentamos y salimos a buscar a quién regalarle los perritos.

R: Es raro por qué a nadie se le ha ocurrido abrir un PetCo con cuneros para la adopción de pequeñitos de todas las especies. ¡PUM! Idea nueva de negocio.

A: Mueren más mujeres en accidentes de tráfico.

R: Penalicemos el aborto y el uso de vehículos automotores por mujeres. Así se duplican las vidas salvadas.

A: Si sale la ley pido un cementerio para la víctima del aborto. Tendrán que cremar a los chicos para que ninguno haga negocios con un chico muerto o un niño por nacer.

R: Claro, como actualmente no existen los abortos…

A: Lo podés dar en adopción, ver qué te pasa en el embarazo, trabajar con psicólogo, no sé. Entiendo el drama que significa, pero hay tantos dramas en la vida que uno no puede solucionar que no me parece que porque exista ese drama, digamos que a uno se le terminó la vida. O sea, podés dar en adopción el bebé y no te pasa nada.

R: La discusión entonces no debería ir por la despenalización del aborto, sino de la violación. ¡Total, no te pasa nada!

A: En los países nórdicos, donde el aborto es legal, sus estadísticas demuestran que las mujeres que abortan triplican las muertes por accidentes y cuadriplican los suicidios. Eso tiene que ver con que la mujer que tiene depresión tal vez no mire al cruzar la calle o deje una hornalla prendida. 

R: Sin duda están más seguras en la cárcel.

A: Para una mujer pobre, un embarazo es lo único que las dignifica.

R: ¿Es usted autor de: La mujer como máquina exclusiva de reproducción?

“Vale la pena preguntarse si la discusión debe seguir partiendo desde un ángulo meramente femenino, mi pregunta es: ¿Por qué la mujer que aborta va a la cárcel y el hombre que aborta no? ¿Por qué un embarazo no deseado es responsabilidad única de la mujer?”

Lo anterior no es producto de mi inquieta imaginación, de algún chiste o meme misógino, mucho menos del último capítulo de una serie medieval de Netflix. Son los argumentos que legisladores y políticos argentinos presentaron para evitar la legalización del aborto en ese país. (El último es la joya de la corona del cretinazo más destacado de la legislatura).

Los argumentos (¿se les puede llamar así o les podemos poner cretinadas legislativas?), se eruptaron, perdón quise escribir “se profirieron”, tanto en la sesión como en las discusiones en comisiones y  en diversas entrevistas a medios de comunicación.

La idea millonaria es que podríamos publicar un texto que se llamara “Los argumentos más insólitos y cómicos (de comedia negra, por supuesto) contra la despenalización del aborto”; en donde el prólogo advirtiera a los lectores: “Si usted cree que los políticos mexicanos destacan por su capacidad de decir idioteces, tiene que leer sobre algunos argentinos. Olvídese de Carmelita Salinas, o del flamante Sergio Mayer, en este listado descubrirá una nueva categoría que supera aquella frase celebre de “cualquier familia mexicana puede sobrevivir dignamente con seis mil pesos al mes”.

Reconozco que mi optimismo apostó a que la nueva legislación sería aprobada y, aunque no fue así, me queda claro que la discusión para evitar que millones de mujeres sean castigadas con cárcel, criminalizadas por medios de comunicación, o en los casos más dramáticos, mueran por prácticas clandestinas e insalubres para interrumpir un embarazo no deseado, seguirá creciendo hasta que veamos una nueva legislación en Argentina y la despenalización en todo México, en donde solo es legal en la Ciudad de México (¡Amo esta ciudad, me cae!)

Queda claro que las discusiones legislativas, políticas y de interés público deben estar totalmente alejadas de los dogmas y la religión. Los problemas de salud pública no desaparecen con oraciones y mucho menos habrá menos embarazos no deseados si agarramos a crucifijazos a todo ser humano con aparato reproductor… Eso tienen que tener claro aquellos fans de la iglesia que, previamente a la discusión, tuvieron la grandiosa idea de amenazar por mensajes de Whatsapp a los senadores argentinos.

Vale la pena preguntarse si la discusión debe seguir partiendo desde un ángulo meramente femenino, mi pregunta es: ¿Por qué la mujer que aborta va a la cárcel y el hombre que aborta no? ¿Por qué un embarazo no deseado es responsabilidad única de la mujer? ¿La legislación que existe tanto en Argentina, como en la mayoría de los estados mexicanos es equitativa en los derechos de hombres y mujeres? ¿Por qué en estos países una mujer no tiene derecho sobre su cuerpo y por qué el Estado sí?

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La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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