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Listos para mayoritear

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Para concretar las reformas energética, educativa y en telecomunicaciones, el presidente Enrique Peña Nieto tuvo que aglutinar a las fuerzas partidistas más importantes del Congreso en un pacto al que denominó Por México. Hoy, el presidente electo, Andrés Manuel López Obrador goza de una mayoría legislativa que le permitiría llevar avante, prácticamente sin ningún tipo de negociación, los ajustes que, a su parecer, son necesarios para hacer realidad la “cuarta transformación” de México. Un escenario que ningún presidente desdeñaría.

Dicho escenario, ya revisado por diversos analistas y comunicadores, no es más que una arma de doble filo. Si bien el mandatario electo ha garantizado la autonomía entre los Poderes de la Unión, salta la duda sobre el nivel de adoración que tienen los legisladores de Morena, del PES y del PT hacia la figura presidencial. En pocas palabras, ¿estarían dispuestos a decirle no a quien los llevo a su curul? ¿Serían capaces de tirar por la borda una iniciativa proveniente del líder del Ejecutivo?

Tanto los diputados como los senadores de Morena han jurado fidelidad a López Obrador, es más, existe cierta pleitesía hacia el tabasqueño, por lo que resulta poco creíble que, al menos en el Poder Legislativo, exista una real separación entre el Poder Ejecutivo y la bancada morenista, y no habría por qué haberla; el problema radica en si los legisladores de Morena serán colaboradores objetivos o subordinados silenciosos.

López Obrador dijo que no dará “línea” al poder Legislativo, aunque sí trabajará de manera coordinada con los senadores y diputados de Morena, que tendrán mayoría en ambas cámaras. “Nos estamos poniendo de acuerdo”, esa fue la frase que usó para referir que, al menos con su bancada, trabajarán de manera organizada.

Habrá, por supuesto, que otorgarle al próximo presidente constitucional el beneficio de la duda. Hasta el momento no existen evidencias de que desee gobernar desde el Legislativo y aunque su “cuarta transformación” revira de cambios parlamentarios, pesan más los cambios de actitud.

Temas impulsados desde la izquierda progresista, pero sensibles como la despenalización del aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo no tendrían ningún problema en ser aprobados bajo el mandato de López Obrador, pero no es tema que le preocupe.

Pero sí, a partir del primero de septiembre, López Obrador enviará a través de su bancada o de la oficina del presidente en funciones, Enrique Peña Nieto, iniciativas relacionadas con la eliminación del fuero; reducción de sueldos de altos funcionarios; modificación o revocación de leyes de la Reforma Educativa; creación del mecanismo de consulta para la revocación del mandato y cambios, leyes o decretos para ajustar la estructura administrativa del gobierno conforme al Plan de Austeridad Republicana.

Además de la reforma legal para la creación de la Secretaría de Seguridad Pública; reformas para considerar delitos graves, sin derecho a libertad bajo fianza, la corrupción, el robo de combustibles y el fraude electoral en cualquiera de sus modalidades.

Así como reformas para trasladar al Estado Mayor Presidencial a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena); revertir el reciente decreto de privatización del agua; establecer en el artículo tercero de la Constitución el derecho a la educación pública y gratuita en todos los niveles escolares; revisar si se necesita llevar a cabo alguna reforma para aumentar el salario mínimo en la zona fronteriza del norte del país, y los cambios necesarios para elaborar en su momento, la Ley de Ingresos y el Presupuesto de Egresos de 2019.

Estos cambios pueden llegar a concretarse solo con la mayoría aplastante de Morena, PES y PT, por lo que no habrá excusas.

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

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Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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