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El sistema electoral funciona a la perfección…

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“¿Por qué ahora el sistema electoral ha funcionado a la perfección? Porque los candidatos perdedores fueron obsequiosos al conceder la victoria. Ante el contundente nivel de votación obtenido por el primer lugar, no había mucho que alegar.”

Contrario a lo que muchos han opinado y analizado a partir de la reforma electoral de 2014, el sistema nacional electoral funciona y lo hace muy bien, quienes pugnamos por una nueva reforma lo hacemos convencidos que la autoridad administrativa precisa regresar a un diseño básico y más sencillo, el de organizador de elecciones.

Todas y cada una de las facultades que lo perfilan como impartidor de justicia, administrador del modelo de comunicación política o punto de partida de los órganos públicos locales electorales, francamente en poco abonan.

A ello se suman otros temas: el presidencialismo como modelo político, la segunda vuelta, la concesión de la victoria como mecanismo de gobernabilidad y, sin duda, el voto electrónico y la paridad de género, que parecen haber sido superados, pero no implica que no deban resguardarse y nutrirse para hacer de ellos la norma y no la excepción.

No han sido pocos los que han apostado por transformar el sistema presidencial en uno parlamentario, tal parece que no es necesario; sin embargo, para llegar a ello fue obligatorio reconocer que como ciudadanos estamos obligados a participar, a institucionalizar la derrota y a dar cauce formal al hartazgo vía la creación de nuevos partidos políticos, algunos más exitosos que otros.

Los gobiernos divididos tan laureados por algunos resultaron ser un mecanismo poco idóneo para la construcción de políticas públicas, para la toma de decisiones, para la construcción de acuerdos y para la agenda nacional, siempre un gobierno con mayoría será más eficiente para alcanzar sus propios objetivos, desafortunadamente haber menguado a tal nivel la oposición legislativa implicará siempre una tentación autoritaria.

“La legitimidad política no solo es un asunto matemático como se ha querido establecer en el discurso público, también es una respuesta de las fuerzas políticas perdedoras que ceden la presión, que retroceden, para que el ganador pueda transitar de la forma más tersa hacia la planeación y el inicio de su gobierno.”

Cobra ahora mayor importancia el poder judicial en todas sus vertientes, serán ellos los nuevos fieles de la balanza, no así los grupos empresariales quienes antaño se habían posicionado como eficientes grupos de presión; sin embargo, tal parece que se encuentran divididos y muchos de ellos abiertamente ya han claudicado.

El nivel de votos obtenido por el presidente electo ha sido tal que respecto a la segunda vuelta y la insistencia de los ahora opositores que pensaban desbarrancar al futuro jefe del ejecutivo en un ejercicio así, ahora se antoja inútil. Es probable –aunque no seguro– que la ciudadanía lo hubiese elegido a el y a quién obtuvo el segundo lugar, incluso la segunda votación hubiese sido todavía más contundente y violentamente aplastante. México no necesita segundas vueltas, necesita ciudadanos que crean en la democracia y parece que ha sucedido.

¿Por qué ahora el sistema electoral ha funcionado a la perfección? Porque los candidatos perdedores fueron obsequiosos al conceder la victoria. Ante el contundente nivel de votación obtenido por el primer lugar, no había mucho que alegar.

Las reformas electorales habían sido insuficientes hasta ahora porque el actual ganador y su principal grupo político nunca fueron generosos al reconocer la derrota y el triunfo ajeno, al contrario, diezmaron los mecanismos electorales formales, cuestionaron la imparcialidad del árbitro, abusaron del modelo de comunicación política y de mecanismos paralegales para el financiamiento de sus actividades de campaña.

La legitimidad política no solo es un asunto matemático como se ha querido establecer en el discurso público, también es una respuesta de las fuerzas políticas perdedoras que ceden la presión, que retroceden, para que el ganador pueda transitar de la forma más tersa hacia la planeación y el inicio de su gobierno.

En 2000 fue el presidente en turno el que atajó dicha situación, pues ni el partido ni el candidato perdedor parecían tener muchos deseos de hacerlo. En 2006 no hubo poder humano para darle un soplo de legitimidad al ganador, la mínima diferencia matemática fue convertida en un injusto discurso de fraude y robo. En 2012 se cuestionó al triunfador, pero no a tal magnitud, la diferencia había sido si no aplastante sí mayor.

Hoy, quienes han ganado no se enfrentaron a tal situación, lo que empíricamente arroja que las decisiones democráticas “deben” estar revestidas no solo de prudencia política por

parte de ganadores y perdedores independientemente del resultado, sino de una “buena” actitud democrática por parte de la ciudadanía, “buen humor social” le llaman algunos.

Ahora bien, elecciones tan complicadas, tan grandes, con un árbitro electoral que es capaz de apostar todo por dar un resultado rápido y certero en búsqueda de la paz social, nos llevará probablemente a adoptar el voto electrónico a mediano plazo, con los pros y los contras que dicho tema conlleva.

Contrario al discurso necio pero políticamente correcto del algunos consejeros electorales, bajo el actual modelo de escrutinio y cómputo, los partidos políticos tenían y tienen el derecho de ir al reconteo, pues un distrito ganado, una diputación más, un presidente municipal extra, abona a su posición de opositores ante una votación adversa tan contundente, probablemente daremos ese paso como ciudadanía y como país, siempre con el deseo de que la vía democrática que da el triunfo también puede quitarlo y no debe ser cancelada.

Es momento de regresar a lo básico…

Opinión

De la “tensa calma” a las “escenas dantescas”

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Carlos Organista, 76 KB, tensa calma

En esta ocasión, estimado lector, pensaba hablarle de nosocomios y galenos, por la penosa necesidad que he tenido de depender de nuestro sistema público de salud durante las últimas semanas. Sí, esos lugares donde constantemente la gente se debate entre la vida y la muerte, donde se llegan a ver escenas dantescas y se teme lo peor.

Y es que la Cuarta Transformación no ha llegado aún a clínicas otrora de gran prestigio y reconocimiento, y no solo las clases más desfavorecidas tienen un futuro incierto en este sentido: todos los que dependemos del sistema de seguridad social podemos caer en desgracia si no se hace algo pronto. Es como si una pertinaz lluvia o un fuerte aguacero nos amenazara durante un gran lapso de tiempo.

De no ser trágica, la situación sería cómica, porque es insostenible: decenas de ambulancias paradas en las inmediaciones porque no hay dinero para la gasolina con el presupuesto que dejó el gobierno anterior, en espera de que el entrante sea sensible a las necesidades más urgentes; inmensas filas de pacientes, de derechohabientes (o cuentahabientes, dirían en la radio), con largas y penosas enfermedades, en espera de ser atendidos por el único especialista que puede hacer un estudio pero que actualmente está de vacaciones… la crisis transexenal, que le llaman.

Una situación límite, en la que se viven momentos de angustia y desesperación —que ni a tensa calma llegan— por no contar con el vital líquido para asear a los pacientes en fin de semana porque desde el corte de agua pasado no quedó regularizado el suministro. Al menos eso dicen algunos funcionarios para lavarse las manos (claro, ellos sí pueden hacerlo porque en los baños exclusivos que utilizan hay forma de obtener el preciado elemento).

Había pensado en hablarle entonces de los hospitales y los juramentados de Hipócrates, pero no quiero ser aguafiestas ni tampoco caer en más lugares comunes de los que ya he caído. Porque si bien mi intención era denunciar la terrible situación que impera en los hospitales del ISSSTE, en particular en el que he podido vivir en carne propia sus carencias (el Hospital General Dr. Darío Fernández Fierro), la intención de esta columna no es otra más que hablar de las minucias del lenguaje.

Dicho todo el choro anterior —aun cuando todo es cierto—, procedo entonces a referirme al terror de todo periodista y de cualquier persona que se dedica a escribir: el lugar común.

La Real Academia Española lo define como “expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo”. Como las que acaba de leer en párrafos anteriores —que podrá notar en cursivas— y esas que hemos escuchado cada sexenio también, incluidas las del actual Gobierno de México.

“Se entiende por lugar común algo que se escucha sin pensar, que se acepta sin más reflexión. Nunca las palabras engañan más que cuando se transforman en lugares comunes: cuando, a fuerza de repeticiones, se convierten en un envase en el que cabe todo y cualquier cosa, una manera de decir nada para que cada quien escuche lo que quiera. En eso se basa la política en tiempos de democracia encuestadora, que algunos llaman demagogia o populismo”, escribió Martín Caparrós en su columna “Las palabras tampoco”, publicada por The New York Times en español en noviembre pasado.

Según el periodista y profesor español Gonzalo Martín Vivaldi, en el periodismo se recurre a la frase gastada por inercia o por pereza expresiva. Álex Grijelmo, también periodista y escritor español, asegura: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O sea que los lugares comunes no son gratuitos, son frases que en su momento fueron novedosas y son tan conocidas ya que denotan la falta de tiempo o interés para pensar en una mejor forma de decir lo que se pretende. ¿O qué opina usted cuando un partido de futbol termina con tiros libres a la portería y se habla de “la lotería de los penaltis” o de “esto no se acaba hasta que se acaba” y “hasta el último minuto cuenta”? ¿Qué decir de “la fiesta de la democracia” cuando se refieren a las votaciones? ¿Y de “los hombres fuertemente armados” (o su respectiva redundancia del “comando armado”, cuando comando significa de por sí “grupo armado”) o el famoso “se dio a la fuga”? Como diría mi abuela: “ya chole”, porque hasta hablar de lugares comunes es ya un lugar común.

Hemos llegado a tal grado que el profesor de periodismo José Alberto García Avilés, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en España, lanzó el Diccionario del cliché en línea (http://diccionariodelcliche.umh.es) con ayuda de sus alumnos. Más de tres mil 500 expresiones recopiladas para invitar a los periodistas a pensar en alternativas en caso de encontrar en la lista alguna de las frases que pretende usar.

Porque, seamos honestos, a veces por querer adornar, buscar sinónimos o vernos “literarios” y apantallantes terminamos hablando como Don Quijote y usamos palabras tipo “maleante” en vez de ladrón —que ya ni en España utilizan— o la famosa milenial: “encendió las redes”.

Así que ya sabe: entre menos lugares comunes, más lectores felices… porque “lo que se hace sin esfuerzo y con pereza, no puede durar ni tener belleza”.

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