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Cuando los bancos (y contadores) tomaron la palabra

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Un error suele ser casi siempre motivo de burla o bullying, tanto para quien lo señala como para quien lo comete; y es que a nadie nos gusta ser evidenciados ni tampoco tildados de sabiondos. Pero hay errores que no tienen madre, bueno, en realidad sí, pues derivan de una “causa, raíz u origen”, como la define el diccionario.

El problema con los errores es que, si no nos atrevemos a hablar de ellos, pese a que tengamos la piel muy delgada —o la lengua muy floja—, seguirán reproduciéndose como cucarachas por los siglos de los siglos —por lo menos hasta que la Real Academia Española termine por aceptar e incluir en el diccionario las palabras de uso generalizado que ahora son inapropiadas, como ha sucedido con términos como liderear, implementar…—. Ya lo dijo Confucio —el filósofo, no el inventor de la confusión—: “Al cometer un error, no tengas miedo de corregirlo”.

Yo no soy lingüista —ni el aire las compongo… dirían en mi barrio—, pero en los años que llevo dando clases a futuros periodistas, y otro tanto conviviendo con colegas informativos, he notado una buena colección de pifias que pasarían inadvertidas —desapercibidas, dicen ahora— de no ser porque trabajamos en medios de comunicación; y aún hay gente que sigue creyendo en que lo que se menciona o se publica en ellos es correcto.

Es por eso que de los errores nace esta columna: la Choropedia, un poco en broma y otro poco también con ánimo educativo.

Choro, en portugués, es un lamento y un género musical nostálgico, viene de chorar o llorar. Y sí, algo así ocurre en los ojos cuando vemos un error ortográfico; o en el oído, cuando escuchamos una palabra mafufa. Pero en este caso, como defensor de los mexicanismos, me guío más por el uso que le damos a la palabra en nuestro país, pues en Venezuela se refiere a los delincuentes y en otras regiones de Sudamérica a los mejillones.

Según el Diccionario escolar de la Academia Mexicana de la Lengua, choro se usa en sentido coloquial y significa: “Lo que se dice y resulta aburrido, o no puede ser tomado en serio: Que le pare a su choro porque a nadie va a convencer”.

Pero el Chilangonario (Alberto Peralta, Editorial Lectorum, 2012), lo define más puntualmente al señalar que se trata de un “discurso, palabras que envuelven a quien escucha, que convencen, que engañan, que marean o confunden. Discurso largo. Sinónimos: rollo, lengua, labia, chorizo”.

Así, este chorizo se ha convertido en un ejemplo claro del nombre de la columna, que, si bien no tiene intención de engañar ni marear, busca aclarar todos esos choros lingüísticos que circulan por ahí para conjuntarlos en uno solo espacio: la Choropedia.

Una vez aclarado lo anterior, va entonces el primer choro:

No sé exactamente hace cuánto tiempo comenzó todo en nuestro país, pero debió ser a mediados o finales de los años 90. Antes de aquellos años, uno llegaba muy contento a Banpaís, Bancomer, Serfin… o algún otro sobreviviente de la nacionalización de la banca o de la crisis del 94, con sus “pocos centavos” ahorrados (como decían los papás y los abuelos) y con una cara que se hinchaba de gusto al pronunciar las palabras mágicas que le hacían sentir a uno como banquero: “Vengo a abrir una cuenta”. Así había sido desde tiempos remotos: la gente abría cuentas, no las “aperturaba”.

Sin embargo, en algún momento, alguien del mundo bancario decidió que “aperturar” sonaba mejor y comenzó a llamarle así.

Pero el error no solo ocurrió ni ocurre en México, sino también en otros países de habla hispana: la Real Academia Española (RAE), en su Diccionario Panhispánico de dudas, explica que el verbo se ha formado a partir del sustantivo apertura (“acción de abrir”) y cita ejemplos de periódicos; incorrectos, evidentemente.

El ejemplo que más me sorprendió es el del diario El Comercio, de Perú, fechado el 14 de enero de ¡1975!: “Ayer domingo la Cooperativa Agraria de Producción Casa Grande aperturó sus Terceros Juegos de Verano”.

En México, por desgracia, aún se siguen viendo noticias redactadas con esa palabra. El 25 de agosto pasado, por ejemplo, un importante diario de Torreón publicó en una nota sobre operativos contra robo de vehículos en aquella ciudad: “En recorrido ‘muestra’ para aperturar a los medios de comunicación la estrategia de investigación, patrullaje y trabajo de gabinete…”. Sin contar, claro, la reproducción de declaraciones de funcionarios de gobierno, y hasta legisladores, que utilizan ese “verbo” con un estilo… que supongo pensarán les da caché, como diría mi abuela.

No sabemos entonces cuál es el huevo ni cuál la gallina, en cuanto al origen de su uso, pero, sin duda, en el ambiente financiero es donde más popularidad tiene: entre las “cuentas aperturadas”, es decir, la apertura de cuentas contables, y el “crédito coberturado” o crédito cubierto o respaldado con una garantía.

“Su uso no está justificado y debe evitarse”, advierte la RAE, que también considera a “aperturar” un “neologismo innecesario”.

Así que ya sabe: al que “apertura”, Dios no lo ayuda.

Opinión

De la “tensa calma” a las “escenas dantescas”

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Carlos Organista, 76 KB, tensa calma

En esta ocasión, estimado lector, pensaba hablarle de nosocomios y galenos, por la penosa necesidad que he tenido de depender de nuestro sistema público de salud durante las últimas semanas. Sí, esos lugares donde constantemente la gente se debate entre la vida y la muerte, donde se llegan a ver escenas dantescas y se teme lo peor.

Y es que la Cuarta Transformación no ha llegado aún a clínicas otrora de gran prestigio y reconocimiento, y no solo las clases más desfavorecidas tienen un futuro incierto en este sentido: todos los que dependemos del sistema de seguridad social podemos caer en desgracia si no se hace algo pronto. Es como si una pertinaz lluvia o un fuerte aguacero nos amenazara durante un gran lapso de tiempo.

De no ser trágica, la situación sería cómica, porque es insostenible: decenas de ambulancias paradas en las inmediaciones porque no hay dinero para la gasolina con el presupuesto que dejó el gobierno anterior, en espera de que el entrante sea sensible a las necesidades más urgentes; inmensas filas de pacientes, de derechohabientes (o cuentahabientes, dirían en la radio), con largas y penosas enfermedades, en espera de ser atendidos por el único especialista que puede hacer un estudio pero que actualmente está de vacaciones… la crisis transexenal, que le llaman.

Una situación límite, en la que se viven momentos de angustia y desesperación —que ni a tensa calma llegan— por no contar con el vital líquido para asear a los pacientes en fin de semana porque desde el corte de agua pasado no quedó regularizado el suministro. Al menos eso dicen algunos funcionarios para lavarse las manos (claro, ellos sí pueden hacerlo porque en los baños exclusivos que utilizan hay forma de obtener el preciado elemento).

Había pensado en hablarle entonces de los hospitales y los juramentados de Hipócrates, pero no quiero ser aguafiestas ni tampoco caer en más lugares comunes de los que ya he caído. Porque si bien mi intención era denunciar la terrible situación que impera en los hospitales del ISSSTE, en particular en el que he podido vivir en carne propia sus carencias (el Hospital General Dr. Darío Fernández Fierro), la intención de esta columna no es otra más que hablar de las minucias del lenguaje.

Dicho todo el choro anterior —aun cuando todo es cierto—, procedo entonces a referirme al terror de todo periodista y de cualquier persona que se dedica a escribir: el lugar común.

La Real Academia Española lo define como “expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo”. Como las que acaba de leer en párrafos anteriores —que podrá notar en cursivas— y esas que hemos escuchado cada sexenio también, incluidas las del actual Gobierno de México.

“Se entiende por lugar común algo que se escucha sin pensar, que se acepta sin más reflexión. Nunca las palabras engañan más que cuando se transforman en lugares comunes: cuando, a fuerza de repeticiones, se convierten en un envase en el que cabe todo y cualquier cosa, una manera de decir nada para que cada quien escuche lo que quiera. En eso se basa la política en tiempos de democracia encuestadora, que algunos llaman demagogia o populismo”, escribió Martín Caparrós en su columna “Las palabras tampoco”, publicada por The New York Times en español en noviembre pasado.

Según el periodista y profesor español Gonzalo Martín Vivaldi, en el periodismo se recurre a la frase gastada por inercia o por pereza expresiva. Álex Grijelmo, también periodista y escritor español, asegura: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O sea que los lugares comunes no son gratuitos, son frases que en su momento fueron novedosas y son tan conocidas ya que denotan la falta de tiempo o interés para pensar en una mejor forma de decir lo que se pretende. ¿O qué opina usted cuando un partido de futbol termina con tiros libres a la portería y se habla de “la lotería de los penaltis” o de “esto no se acaba hasta que se acaba” y “hasta el último minuto cuenta”? ¿Qué decir de “la fiesta de la democracia” cuando se refieren a las votaciones? ¿Y de “los hombres fuertemente armados” (o su respectiva redundancia del “comando armado”, cuando comando significa de por sí “grupo armado”) o el famoso “se dio a la fuga”? Como diría mi abuela: “ya chole”, porque hasta hablar de lugares comunes es ya un lugar común.

Hemos llegado a tal grado que el profesor de periodismo José Alberto García Avilés, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en España, lanzó el Diccionario del cliché en línea (http://diccionariodelcliche.umh.es) con ayuda de sus alumnos. Más de tres mil 500 expresiones recopiladas para invitar a los periodistas a pensar en alternativas en caso de encontrar en la lista alguna de las frases que pretende usar.

Porque, seamos honestos, a veces por querer adornar, buscar sinónimos o vernos “literarios” y apantallantes terminamos hablando como Don Quijote y usamos palabras tipo “maleante” en vez de ladrón —que ya ni en España utilizan— o la famosa milenial: “encendió las redes”.

Así que ya sabe: entre menos lugares comunes, más lectores felices… porque “lo que se hace sin esfuerzo y con pereza, no puede durar ni tener belleza”.

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