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EPN ya no quiere ser un presidente con cortesanos traidores

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“Casa Blanca, corrupción, Ayotzinapa, fueron temas sobre los que Peña Nieto no se guardó ninguna respuesta. Por comprometedoras o acusatorias que fueran estas”

El presidente Enrique Peña Nieto ofreció en la semana pasada entrevistas a los principales comunicadores de las frecuencias electrónicas mexicanas.

El mandatario se vio suelto a la hora de responder a preguntas que antes le censuraban sus “amigos cercanos” por considerarlas inconvenientes.

A Ciro Gómez Leyva le comentó que el tren México-Toluca no se terminaría hasta dentro de dos años. Además, le dijo que no fue su baja popularidad durante las elecciones lo que influyó en la derrota del PRI.

Simplemente el invento de Videgaray, José Antonio Meade, no funcionó.

Casa Blanca, corrupción, Ayotzinapa, fueron temas sobre los que Peña Nieto no se guardó ninguna respuesta. Por comprometedoras o acusatorias que fueran estas.

Pidió disculpas a los que pudo haber ofendido.

Pocos saben que 15 antes día antes de tomar posesión como presidente de la república, Peña Nieto se instaló discretamente en una residencia que consiguió Luis Miranda.

Allí revisaron el proyecto final de gabinete.

Mirando, discreto y solidario como siempre, le habría dicho secamente a su amigo: Presidente, creo que hay mucha gente de Montiel y de Videgary en el gabinete.

Creo que deberías repartir las posiciones de una manera más geopolítica. Unos del centro del país. Otro del sur-sureste y unos más de las regiones fronterizas y de occidente.

Efectivamente, Peña Nieto llegó a la antesala de la presidencia en el 2012 acompañado solo por un amigo muy cercano y confiable: Luis Miranda Nava, pero el reparto de las posiciones ya se había negociado.

A Peña Nieto le fueron “sugeridos” colaboradores por tres influyentes personajes: Arturo Montiel, que promovió a Emilio Chuayffet; Alfonso Navarrete Prida y Gerardo Ruíz Esparza. Luis Videgaray que llevó a Aurelio Nuño, José Antonio Meade, Ildefonso Guajardo, Emilio Lozoya y a Eduardo Sánchez.

Carlos Salinas apadrinó a Rosario Robles y a los hidalguenses Jesús Murillo Karam y Miguel Ángel Osorio Chong.

Luis Miranda tuvo que apechugar que había llegado tarde a exponer sus opiniones sobre el gabinete a su amigo y doble compadre, Enrique Peña Nieto, inminente presidente de México.

Los hechos demostrarían a Peña Nieto que su amigo leal, Luis Miranda, tenía razón.

En julio de 2016 Andrés Manuel López Obrador dijo a Ciro Gómez Leyva:

Aquí, las mejores frases:

–Me echan la culpa de todo, sería el colmo que ahora yo esté en contra de la transparencia y a favor de la corrupción.

–No pienso que todo el que tiene es malvado, mi lucha es contra la corrupción.

–Vamos a tener en el 18 la mejor organización ciudadana. Y por supuesto que la tuvo.

–No soy corrupto, me pueden llamar Peje pero no lagarto, que quede claro.

–Justicia, no venganza.

–No perseguiría nadie. Pero el presidente electo ha dicho que habría en algunos casos perdón pero no olvido.

–Quienes la deben, deberán pagarla.

Hoy están entre los más viables encarcelables Gerardo Ruiz Esparza, Emilio Lozoya y Rosario Robles.

“Efectivamente, Peña Nieto llegó a la antesala de la presidencia en el 2012 acompañado solo por un amigo muy cercano y confiable: Luis Miranda Nava, pero el reparto de las posiciones ya se había negociado”

La función que cumplió Lozoya Austin en su tortuosa relación con el Caso Odebrecht, se considera la de un simple mensajero de una negociación que se concibió y operó en otras latitudes y por otros personajes.

Hoy fue notorio que ninguno de esos grupos estuvo cerca de Peña Nieto a la hora de responder a sus entrevistadores.

Lo han dejado solo desde la noche del 1 de julio. Así es la política en México.

Opinión

De la “tensa calma” a las “escenas dantescas”

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Carlos Organista, 76 KB, tensa calma

En esta ocasión, estimado lector, pensaba hablarle de nosocomios y galenos, por la penosa necesidad que he tenido de depender de nuestro sistema público de salud durante las últimas semanas. Sí, esos lugares donde constantemente la gente se debate entre la vida y la muerte, donde se llegan a ver escenas dantescas y se teme lo peor.

Y es que la Cuarta Transformación no ha llegado aún a clínicas otrora de gran prestigio y reconocimiento, y no solo las clases más desfavorecidas tienen un futuro incierto en este sentido: todos los que dependemos del sistema de seguridad social podemos caer en desgracia si no se hace algo pronto. Es como si una pertinaz lluvia o un fuerte aguacero nos amenazara durante un gran lapso de tiempo.

De no ser trágica, la situación sería cómica, porque es insostenible: decenas de ambulancias paradas en las inmediaciones porque no hay dinero para la gasolina con el presupuesto que dejó el gobierno anterior, en espera de que el entrante sea sensible a las necesidades más urgentes; inmensas filas de pacientes, de derechohabientes (o cuentahabientes, dirían en la radio), con largas y penosas enfermedades, en espera de ser atendidos por el único especialista que puede hacer un estudio pero que actualmente está de vacaciones… la crisis transexenal, que le llaman.

Una situación límite, en la que se viven momentos de angustia y desesperación —que ni a tensa calma llegan— por no contar con el vital líquido para asear a los pacientes en fin de semana porque desde el corte de agua pasado no quedó regularizado el suministro. Al menos eso dicen algunos funcionarios para lavarse las manos (claro, ellos sí pueden hacerlo porque en los baños exclusivos que utilizan hay forma de obtener el preciado elemento).

Había pensado en hablarle entonces de los hospitales y los juramentados de Hipócrates, pero no quiero ser aguafiestas ni tampoco caer en más lugares comunes de los que ya he caído. Porque si bien mi intención era denunciar la terrible situación que impera en los hospitales del ISSSTE, en particular en el que he podido vivir en carne propia sus carencias (el Hospital General Dr. Darío Fernández Fierro), la intención de esta columna no es otra más que hablar de las minucias del lenguaje.

Dicho todo el choro anterior —aun cuando todo es cierto—, procedo entonces a referirme al terror de todo periodista y de cualquier persona que se dedica a escribir: el lugar común.

La Real Academia Española lo define como “expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo”. Como las que acaba de leer en párrafos anteriores —que podrá notar en cursivas— y esas que hemos escuchado cada sexenio también, incluidas las del actual Gobierno de México.

“Se entiende por lugar común algo que se escucha sin pensar, que se acepta sin más reflexión. Nunca las palabras engañan más que cuando se transforman en lugares comunes: cuando, a fuerza de repeticiones, se convierten en un envase en el que cabe todo y cualquier cosa, una manera de decir nada para que cada quien escuche lo que quiera. En eso se basa la política en tiempos de democracia encuestadora, que algunos llaman demagogia o populismo”, escribió Martín Caparrós en su columna “Las palabras tampoco”, publicada por The New York Times en español en noviembre pasado.

Según el periodista y profesor español Gonzalo Martín Vivaldi, en el periodismo se recurre a la frase gastada por inercia o por pereza expresiva. Álex Grijelmo, también periodista y escritor español, asegura: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O sea que los lugares comunes no son gratuitos, son frases que en su momento fueron novedosas y son tan conocidas ya que denotan la falta de tiempo o interés para pensar en una mejor forma de decir lo que se pretende. ¿O qué opina usted cuando un partido de futbol termina con tiros libres a la portería y se habla de “la lotería de los penaltis” o de “esto no se acaba hasta que se acaba” y “hasta el último minuto cuenta”? ¿Qué decir de “la fiesta de la democracia” cuando se refieren a las votaciones? ¿Y de “los hombres fuertemente armados” (o su respectiva redundancia del “comando armado”, cuando comando significa de por sí “grupo armado”) o el famoso “se dio a la fuga”? Como diría mi abuela: “ya chole”, porque hasta hablar de lugares comunes es ya un lugar común.

Hemos llegado a tal grado que el profesor de periodismo José Alberto García Avilés, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en España, lanzó el Diccionario del cliché en línea (http://diccionariodelcliche.umh.es) con ayuda de sus alumnos. Más de tres mil 500 expresiones recopiladas para invitar a los periodistas a pensar en alternativas en caso de encontrar en la lista alguna de las frases que pretende usar.

Porque, seamos honestos, a veces por querer adornar, buscar sinónimos o vernos “literarios” y apantallantes terminamos hablando como Don Quijote y usamos palabras tipo “maleante” en vez de ladrón —que ya ni en España utilizan— o la famosa milenial: “encendió las redes”.

Así que ya sabe: entre menos lugares comunes, más lectores felices… porque “lo que se hace sin esfuerzo y con pereza, no puede durar ni tener belleza”.

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