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¿Descentralización o centralización expandida?

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José Ramón González, descentralización, 63 KB

“La mera presencia de una secretaría en la capital de un estado no provoca por sí misma el desarrollo en una entidad federativa”

Entre los temas que se ha lanzado a la opinión pública justo después de las elecciones federales –no para comunicar decisiones sino para ver su reacción y la de los distintos sectores y actores políticos, económicos y sociales– es el de la “descentralización” de las Secretarías de Estado a las capitales de las entidades de la federativas.

A una semana de las elecciones, AMLO anunciaba ante líderes de la Concamin su plan para descentralizar dependencias y entidades, bajo la premisa de que “el fin es que haya desarrollo parejo en todo el territorio” pues los estados del norte, centro y occidente crecen más, mientras que los del sur están estancados o de plano han decrecido.

Como especialista en Administración Pública y desarrollo regional me siento comprometido precisar al menos tres aspectos técnicos fundamentales sobre el tema:

  1. El término “descentralización” es poco adecuado para denominar esa medida. La Ley Orgánica de la Administración Pública Federal prevé en su artículo 1° que esta es Centralizada y Paraestatal; la primera integrada por Dependencias (Secretarías de Estado, Consejería Jurídica del Ejecutivo Federal y Órganos Reguladores Coordinados, además de que también en este rubro técnicamente están los Departamentos que –desde mi opinión– erróneamente los han desaparecido), y la segunda por Entidades (organismos descentralizados, empresas de participación estatal, instituciones y organizaciones auxiliares nacionales de crédito, instituciones nacionales de seguros y fianzas y fideicomisos públicos).

En este segundo rubro, la doctrina señala que la descentralización es una forma de organización administrativa distinta de la centralización y la desconcentración por por tener régimen jurídico y patrimonio propio, así como autonomía de gestión, motivo por el que las Secretarias, en tanto Dependencias del ejecutivo federal, no pueden ser descentralizadas, ya que forman parte de la administración pública central y como tales no cuentan con personalidad jurídica y patrimonio propios, ni autonomía de gestión; por lo mismo, tampoco podrían considerarse como organismos desconcentrados, puesto que las Delegaciones Estatales ya lo son de estas, son sus representantes a nivel local. De darse así, se caería en la aberración de tener organismos desconcentrados de organismos desconcentrados, extendiéndose el problema a la organización y funcionamiento de los también propuestos “Delegados Generales”, provocando contraposición o duplicidad con el régimen jurídico, administrativo y de gestión de las Secretarias en los Estados, donde serían reubicadas y llevándonos a una especie de centralización expandida y simplemente dispersa hacia los territorios estatales, que podría traer más desventajas que bondades.

  1. La mera presencia de una secretaría en la capital de un estado no provoca por sí misma el desarrollo en una entidad federativa.

Según datos del INEGI[1], dentro de las entidades que crecen por arriba de la media nacional también hay sureñas como Yucatán y Quintana Roo, y entre las que tienen una contribución al crecimiento menor a la media o incluso tasa negativa, también hay estados del norte y del centro, como Baja California Sur, Coahuila, Tamaulipas, Nayarit, Zacatecas y Morelos. También se contradice con el caso de la Secretaria de Economía, que supuestamente sería reubicada en la capital de Nuevo Leon, estado con uno de los mayores índices de crecimiento económico del país, que no ha requerido de la presencia de ninguna secretaría en su territorio para lograrlo.

Independientemente de lo que signifique el término “crecimiento parejo”, el próximo Ejecutivo Federal debería impulsar el desarrollo regional no a partir del aumento de la burocracia federal en los territorios estatales, sino mediante el fortalecimiento de la organización y la actividad económica y social en cada estado y sus municipios; del relanzamiento de la participación transversal de las dependencias y entidades a través de sus delegaciones para acompañar los proyectos y programas locales prioritarios; con el soporte financiero de la Secretaría de Hacienda hacia esos proyectos y su correspondiente supervisión y evaluación en cuanto a contenidos, montos y resultados.

[1] http://www.inegi.org.mx/est/contenidos/proyectos/cn/pibe/default.aspx.

  1. La medida tal como ha sido expuesta en los medios no reúne las características requeridas para ser considerada técnicamente un “plan”.

Hasta el momento se desconoce la existencia de un verdadero plan en términos estratégicos que en sí mismo exige tiempo, dinero y trabajo, y que contemple visión, misión, objetivos, políticas, estrategias y acciones, derivadas del análisis de fortalezas, debilidades, oportunidades y desafíos y, al mismo tiempo, tome en cuenta las estimaciones económicas, sindicales, laborales, sociales, de logística, tiempos de implementación e infraestructura adecuada en las ciudades que recibirían de un golpe a miles de trabajadores con sus familias, y cuyos miembros necesitan escuelas, hospitales, vías de comunicación, transportes, mercados, servicios urbanos, compatibilidad en caso de que haya en la familia quienes trabajen en diferentes dependencias o entidades federales, implicaciones culturales de adaptabilidad, entre otros muchos temas delicados de los cuales –por cierto– se ha prescindido de consulta, tanto ciudadana como de especialistas, organismos públicos, estados, municipios y afectados.

El espacio se agota y quedan muchas aristas por señalar. Cerraré la nota comentando que la idea tal como se ha venido planteando hasta el momento, carece de elementos técnicos básicos para la concreción de un plan de desarrollo de alcance nacional. Para tener utilidad práctica, en lugar de basarse en llenar de burocracia federal a las capitales estatales, debe basarse en políticas públicas transversales que realmente logren que ningún estado contribuya a menos del 0.1% del PIB nacional, con especial atención en los cinco estados que se mantienen con tasa negativa. Eso sí sería un logro a nivel nacional.

Quizá por eso sea que de hecho la mal llamada “descentralización” ya ha sido descartada públicamente por varios de los colaboradores cercanos al presidente electo, entre ellos, Alfonso Romo, designado jefe de gabinete, y Esteban Moctezuma, propuesto como Secretario de Educación Pública. Usted mi único lector, ¿qué opina?

Opinión

De la “tensa calma” a las “escenas dantescas”

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el

Carlos Organista, 76 KB, tensa calma

En esta ocasión, estimado lector, pensaba hablarle de nosocomios y galenos, por la penosa necesidad que he tenido de depender de nuestro sistema público de salud durante las últimas semanas. Sí, esos lugares donde constantemente la gente se debate entre la vida y la muerte, donde se llegan a ver escenas dantescas y se teme lo peor.

Y es que la Cuarta Transformación no ha llegado aún a clínicas otrora de gran prestigio y reconocimiento, y no solo las clases más desfavorecidas tienen un futuro incierto en este sentido: todos los que dependemos del sistema de seguridad social podemos caer en desgracia si no se hace algo pronto. Es como si una pertinaz lluvia o un fuerte aguacero nos amenazara durante un gran lapso de tiempo.

De no ser trágica, la situación sería cómica, porque es insostenible: decenas de ambulancias paradas en las inmediaciones porque no hay dinero para la gasolina con el presupuesto que dejó el gobierno anterior, en espera de que el entrante sea sensible a las necesidades más urgentes; inmensas filas de pacientes, de derechohabientes (o cuentahabientes, dirían en la radio), con largas y penosas enfermedades, en espera de ser atendidos por el único especialista que puede hacer un estudio pero que actualmente está de vacaciones… la crisis transexenal, que le llaman.

Una situación límite, en la que se viven momentos de angustia y desesperación —que ni a tensa calma llegan— por no contar con el vital líquido para asear a los pacientes en fin de semana porque desde el corte de agua pasado no quedó regularizado el suministro. Al menos eso dicen algunos funcionarios para lavarse las manos (claro, ellos sí pueden hacerlo porque en los baños exclusivos que utilizan hay forma de obtener el preciado elemento).

Había pensado en hablarle entonces de los hospitales y los juramentados de Hipócrates, pero no quiero ser aguafiestas ni tampoco caer en más lugares comunes de los que ya he caído. Porque si bien mi intención era denunciar la terrible situación que impera en los hospitales del ISSSTE, en particular en el que he podido vivir en carne propia sus carencias (el Hospital General Dr. Darío Fernández Fierro), la intención de esta columna no es otra más que hablar de las minucias del lenguaje.

Dicho todo el choro anterior —aun cuando todo es cierto—, procedo entonces a referirme al terror de todo periodista y de cualquier persona que se dedica a escribir: el lugar común.

La Real Academia Española lo define como “expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo”. Como las que acaba de leer en párrafos anteriores —que podrá notar en cursivas— y esas que hemos escuchado cada sexenio también, incluidas las del actual Gobierno de México.

“Se entiende por lugar común algo que se escucha sin pensar, que se acepta sin más reflexión. Nunca las palabras engañan más que cuando se transforman en lugares comunes: cuando, a fuerza de repeticiones, se convierten en un envase en el que cabe todo y cualquier cosa, una manera de decir nada para que cada quien escuche lo que quiera. En eso se basa la política en tiempos de democracia encuestadora, que algunos llaman demagogia o populismo”, escribió Martín Caparrós en su columna “Las palabras tampoco”, publicada por The New York Times en español en noviembre pasado.

Según el periodista y profesor español Gonzalo Martín Vivaldi, en el periodismo se recurre a la frase gastada por inercia o por pereza expresiva. Álex Grijelmo, también periodista y escritor español, asegura: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O sea que los lugares comunes no son gratuitos, son frases que en su momento fueron novedosas y son tan conocidas ya que denotan la falta de tiempo o interés para pensar en una mejor forma de decir lo que se pretende. ¿O qué opina usted cuando un partido de futbol termina con tiros libres a la portería y se habla de “la lotería de los penaltis” o de “esto no se acaba hasta que se acaba” y “hasta el último minuto cuenta”? ¿Qué decir de “la fiesta de la democracia” cuando se refieren a las votaciones? ¿Y de “los hombres fuertemente armados” (o su respectiva redundancia del “comando armado”, cuando comando significa de por sí “grupo armado”) o el famoso “se dio a la fuga”? Como diría mi abuela: “ya chole”, porque hasta hablar de lugares comunes es ya un lugar común.

Hemos llegado a tal grado que el profesor de periodismo José Alberto García Avilés, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en España, lanzó el Diccionario del cliché en línea (http://diccionariodelcliche.umh.es) con ayuda de sus alumnos. Más de tres mil 500 expresiones recopiladas para invitar a los periodistas a pensar en alternativas en caso de encontrar en la lista alguna de las frases que pretende usar.

Porque, seamos honestos, a veces por querer adornar, buscar sinónimos o vernos “literarios” y apantallantes terminamos hablando como Don Quijote y usamos palabras tipo “maleante” en vez de ladrón —que ya ni en España utilizan— o la famosa milenial: “encendió las redes”.

Así que ya sabe: entre menos lugares comunes, más lectores felices… porque “lo que se hace sin esfuerzo y con pereza, no puede durar ni tener belleza”.

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