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Si es “de favor”, mejor no, gracias

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Carlos, 76 kB, por favor

“Las cosas se piden por favor. Pero yo no sé en qué momento alguien decidió que no, que es mejor pedir las cosas “de favor”, y ahí, diría mi abuela, es “cuando la puerca torció el rabo”

Quien no recuerde haber escuchado de pequeño la maternal o paternal frase “¿cómo se dice?”, cuando uno demandaba ser atendido como rey o reina, misma a la cual se debía responder en automático “por favor”, una de dos: o no tuvo una infancia “normal” o sus padres nunca le “torcieron el mascadero” por portarse como un maleducado.

Y es que hay algo que “de chiquitos” aprendemos a la buena o a la mala: a decir por favor y gracias. Claro, ya después algunos crecen con problemas y se creen eso de ser atendidos como rey o reina… pero esa es otra historia.

Para iniciar este texto me sumergí por las redes ocultas de la internet en busca de algún extraño origen de esa frase que los bien educados utilizan, pero­, lejos de ello, lo primero que apareció fue la ya célebre: “Afedo cámate po favó”.

Más adelante, surgió en la búsqueda un artículo académico del profesor Henry Campos Vargas, de la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica. El título: “Cómo pedir un favor en latín: un estudio con base en la comedia plautina de La Olla (Aulularia)”.

Si bien no queda claro el origen literal de la expresión —que en todo caso derivaría del italiano per favore, pero los romanos usaban más bien frases parecidas a las nuestras como: “sería usted tan amable de…”, “le incomodaría si le pido que…”, etc.—, hay algo que el profesor Campos Vargas concluye: “Las formas románicas, casi todas perífrasis, se degradaron con el tiempo, al punto de convertirse en frases y expresiones de cortesía que los diccionarios especializados en latín, por lo general, traducen como ‘por favor’, al menos, en español”.

O sea que nuestros padres siempre estuvieron correctos en sus enseñanzas: las cosas se piden por favor. Pero yo no sé en qué momento alguien decidió que no, que es mejor pedir las cosas “de favor”, y ahí, diría mi abuela, es “cuando la puerca torció el rabo”.

Dicen los que saben que a esto se le llama solecismo (falta de sintaxis), porque empleamos de un modo incorrecto la preposición de, que sirve para muchas cosas, pero no para pedirlas de manera cortés.

Si usted, amable lector, busca en el diccionario la palabra favor, encontrará debajo de sus cinco acepciones las frases “de favor” y “por favor”, entre muchas otras.

“De favor”, según la Real Academia Española, es una locución adjetiva que significa: “Dicho de algunas cosas, como entradas de teatro, pases de ferrocarril, etc.: Que se obtienen gratuitamente”. Por ejemplo, cuando usted se gana boletos para un concierto o cualquier otro espectáculo, usted recibe, en lenguaje coloquial, unas “cortesías”, pero si quisiera decirlo de forma culta diría: “Obtuve estas entradas de favor”, es decir, gratis.

Ya lo dijo Gabriel García Márquez en voz del narrador de su última novela, Memoria de mis putas tristes: “Hoy me sustento mal que bien con mi pensión de aquel oficio extinguido; me sustento menos con la de maestro de gramática castellana y latín, casi nada con la nota dominical que he escrito sin desmayos durante más de medio siglo, y nada en absoluto con las gacetillas de música y teatro que me publican de favor las muchas veces en que vienen intérpretes notables”.

Ahora bien, “por favor” es claramente definida como una expresión usada “para formular una petición” o para protestar (¡por favor! o ¡parfavar!, dicen ahora los mileniales).

Al intentar explicarme cómo llegamos a esta frase, imagino que en nuestro particular modo de pedir las cosas en México “para que no suene tan golpeado”, pasamos de los diminutivos (“¿me hace un favorcito?”, “porfa”, “porfita”, “porfis”, “Virgencita, plis”…) al “de favor”.

Supongo que algún día un jefe soltó a sus subalternos el “de favor” para que no sintieran que los estaba mandando, y de ahí en adelante se viralizó la frase para “suavizar” las cosas. No lo sé…

Y no, no tiene que ver con condiciones sociales ni económicas ni políticas ni académicas tampoco: por todos lados viaja el “de favor” sin freno, y alguien tiene que pararlo.

En días pasados, un presentador de la cadena CNN en español publicó un artículo de opinión en el sitio web de la televisora estadounidense. Ahí, escribió: “Entonces los suscriptores de la Gran Enciclopedia Soviética recibieron una carta de la editorial en la que se les pedía supongo que, de favor, que arrancaran la página del artículo sobre Beria y que la devolvieran a vuelta de correo para en su lugar, recibir otra página sobre… el Estrecho de Bering”. Si nos atenemos al ejemplo de García Márquez, la explicación de la gratuidad no encaja aquí y, por lo tanto, el presentador usó la expresión justo como no se debe.

También en días pasados, un diario local de Chihuahua transcribió un fragmento de la sesión de cabildo de Ciudad Juárez. En ella, el presidente hace esta petición: “Síndico, le voy a pedir de favor que cuando pregunto si alguien más desea hacer uso de la palabra, reaccione en tiempo y momento, ya le han dicho en varias ocasiones que miente, seguramente quiere contestar sobre eso, adelante” (como dato cultural, el síndico respondió: “Con su permiso señor presidente, ni usted es mi papá ni mi maestro, y en la escuela se enseña a levantar la mano, así es que respete por favor”).

Así que ya sabe: “Un (de) favor muy referido, no es muy bien agradecido”.

Opinión

Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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