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Opinión

Violencia y democracia

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Opinión, 61 KB, opinión

La democracia es causa eficiente, motor y razón del Estado Constitucional. Sin embargo, pareciera ser frágil ante factores que en la actualidad le son tan determinantes como la violencia, flagelo social de configuración dinámica y compleja al que incluso en un principio podría considerársele antagónico, pues la primera implica tolerancia, inclusión, acuerdos en lo fundamental, en lo que nos es común y nos afecta a todos independientemente de nuestros intereses y preferencias personales, y la segunda, por su parte, la imposición de la fuerza a la razón y, por ende, la negación de todos estos principios.

Para nadie es ajeno que la violencia es un gran instrumento mediático; el morbo que provoca el llamado “gancho de sangre” ha llevado a muchos medios de comunicación a emplearlo como modus vivendi y por ello durante años -si no es que décadas- se han dedicado a cultivarlo; lo fortalecen y lo hacen permanecer a tal grado que algunos de ellos han llegado a dedicarle casi la totalidad de sus espacios.

Morbo, temor, expectativa, divulgación, entre otras muchas cosas, han venido generando y acrecentando una verdadera opinión pública que gira alrededor de la violencia; ha dejado de ser tema de especialistas o comunicadores de nota roja o amarilla para convertirse en vox populi. Todos hablan de ella, refieren anécdotas propias o ajenas, se convierten en jueces penales o criminólogos. Desde hace tiempo es más conocido el nombre de los grandes exponentes de la violencia que de muchos personajes de nuestra historia, pero casi nadie sabe qué es, quién la crea y la alimenta por qué y cómo opera, para qué, para quién y cómo afecta a la vida democrática y al tan invocado Estado de Derecho. Quizá por ello todos, de una forma u otra, en mayor o menor medida, tengamos algo de culpa en el empoderamiento del tema.

Al igual que la seguridad, la violencia es ante todo una percepción. Lo preocupante es que esta ha permeado profundamente en muchas democracias contemporáneas incluyendo la nuestra. Ahora parece que un candidato, un partido o un gobierno es más popular ya no por sus propuestas de solución a los problemas sociales, económicos o políticos, sino en la medida en que su discurso se torna violento hacia sus opositores, hacia las instituciones y los gobiernos, constituidos o precedentes.

Lo vimos en el reciente proceso electoral, tanto en los “debates” como en sus declaraciones ante los medios, cuando un candidato resultaba mejor calificado no en la medida en que era capaz de ofrecer soluciones convincentes a los problemas comunes, sino mientras más insultos profería a sus contendientes, convirtiendo el intercambio y discusión de visiones de gobierno en una simple, llana y triste guerra de lodo.

Esto tal vez pudiera deberse a una lectura equivocada de la actitud ciudadana de considerar la violencia en el lugar más alto en sus preocupaciones, por encima de temas tan cruciales para el desarrollo democrático y social como la seguridad, el empleo, la salud, la educación, la gobernabilidad; y es que la violencia rasga ese entramado de relaciones, intereses y expectativas individuales y de grupo que llamamos el tejido social con balas, descuartizamientos, genocidios, terror, impunidad. La violencia llegó para quedarse en él y ocupa desde hace tiempo ya y por quien sabe cuánto tiempo un lugar de privilegio en las historias locales y, por supuesto, en la nacional.

Todos, gobernantes, gobernados, líderes de opinión, ciudadanos de a pie, hemos aprendido a vivir con la violencia, en hacerla parte de nuestro entorno cotidiano; a volvernos resistentes y a veces hasta indolentes ante los delitos, los abusos, los insultos, las amenazas; indiferentes frente a crímenes de lesa humanidad, ante los genocidios de campesinos, de migrantes, ante las fosas clandestinas llenas de gente sin cara, sin nombre, mostrándonos que la violencia quizá no sea más que la cara visible de un conflicto social que prevalece en el fondo, lo que nos mete en un ciclo autodestructivo que pareciera llevarnos a un callejón sin salida.

En este estado de cosas, surge obligadamente preguntas como ¿qué relación hay entre transición democrática e incremento uniformemente acelerado de la violencia y la criminalidad?, ¿de qué forma construir y mantener un sistema democrático en este entorno? ¿Será posible superar este panorama, pasar de la razón de la fuerza a la fuerza de la razón, sin más crueldad, sin más violencia, sin derramar más sangre?

Los estudios sobre violencia y democracia surgen en Sudamérica a inicios de los años 60, en países que desde esas épocas han sufrido esta cruda situación como Colombia (vid Guzmán, Fals y Umaña “La Violencia en Colombia. Estudio de un Proceso Social”, Bogotá, Ed. Tercer Mundo”, 1962).

En México, el fenómeno de la relación entre violencia y democracia está modificando la estructura, conducta e imagen del país tanto al interior como al exterior y, por ende, trastoca la planeación, diseño y operación de la política pública y la denominada gobernanza a todos los niveles: federal, estatal, municipal; sin embargo, existen muy pocos textos sobre el tema y los que hay son superficiales o poco recientes. Basta un simple chapuzón a la Internet para constatarlo.

Parece paradójico que la violencia sea un tema de mayor preocupación en la opinión pública y que contradictoriamente exista poco interés o una especie de “autocensura” para estudiar y comprender con seriedad su naturaleza y características, causas y consecuencias, así como su obligada vinculación con la democracia y el Estado Constitucional, a fin de buscar y ofrecer opciones viables para su solución, lo que hasta el momento no ha sucedido y, por desgracia, no vemos cómo pueda suceder, tomando en consideración el discurso que hasta el momento ha mantenido el gobierno entrante.

Opinión

De la “tensa calma” a las “escenas dantescas”

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Carlos Organista, 76 KB, tensa calma

En esta ocasión, estimado lector, pensaba hablarle de nosocomios y galenos, por la penosa necesidad que he tenido de depender de nuestro sistema público de salud durante las últimas semanas. Sí, esos lugares donde constantemente la gente se debate entre la vida y la muerte, donde se llegan a ver escenas dantescas y se teme lo peor.

Y es que la Cuarta Transformación no ha llegado aún a clínicas otrora de gran prestigio y reconocimiento, y no solo las clases más desfavorecidas tienen un futuro incierto en este sentido: todos los que dependemos del sistema de seguridad social podemos caer en desgracia si no se hace algo pronto. Es como si una pertinaz lluvia o un fuerte aguacero nos amenazara durante un gran lapso de tiempo.

De no ser trágica, la situación sería cómica, porque es insostenible: decenas de ambulancias paradas en las inmediaciones porque no hay dinero para la gasolina con el presupuesto que dejó el gobierno anterior, en espera de que el entrante sea sensible a las necesidades más urgentes; inmensas filas de pacientes, de derechohabientes (o cuentahabientes, dirían en la radio), con largas y penosas enfermedades, en espera de ser atendidos por el único especialista que puede hacer un estudio pero que actualmente está de vacaciones… la crisis transexenal, que le llaman.

Una situación límite, en la que se viven momentos de angustia y desesperación —que ni a tensa calma llegan— por no contar con el vital líquido para asear a los pacientes en fin de semana porque desde el corte de agua pasado no quedó regularizado el suministro. Al menos eso dicen algunos funcionarios para lavarse las manos (claro, ellos sí pueden hacerlo porque en los baños exclusivos que utilizan hay forma de obtener el preciado elemento).

Había pensado en hablarle entonces de los hospitales y los juramentados de Hipócrates, pero no quiero ser aguafiestas ni tampoco caer en más lugares comunes de los que ya he caído. Porque si bien mi intención era denunciar la terrible situación que impera en los hospitales del ISSSTE, en particular en el que he podido vivir en carne propia sus carencias (el Hospital General Dr. Darío Fernández Fierro), la intención de esta columna no es otra más que hablar de las minucias del lenguaje.

Dicho todo el choro anterior —aun cuando todo es cierto—, procedo entonces a referirme al terror de todo periodista y de cualquier persona que se dedica a escribir: el lugar común.

La Real Academia Española lo define como “expresión trivial, o ya muy empleada en caso análogo”. Como las que acaba de leer en párrafos anteriores —que podrá notar en cursivas— y esas que hemos escuchado cada sexenio también, incluidas las del actual Gobierno de México.

“Se entiende por lugar común algo que se escucha sin pensar, que se acepta sin más reflexión. Nunca las palabras engañan más que cuando se transforman en lugares comunes: cuando, a fuerza de repeticiones, se convierten en un envase en el que cabe todo y cualquier cosa, una manera de decir nada para que cada quien escuche lo que quiera. En eso se basa la política en tiempos de democracia encuestadora, que algunos llaman demagogia o populismo”, escribió Martín Caparrós en su columna “Las palabras tampoco”, publicada por The New York Times en español en noviembre pasado.

Según el periodista y profesor español Gonzalo Martín Vivaldi, en el periodismo se recurre a la frase gastada por inercia o por pereza expresiva. Álex Grijelmo, también periodista y escritor español, asegura: “Nada destroza más el estilo que la frase hecha, el lugar común, el tópico, la idea esperada y consabida”.

O sea que los lugares comunes no son gratuitos, son frases que en su momento fueron novedosas y son tan conocidas ya que denotan la falta de tiempo o interés para pensar en una mejor forma de decir lo que se pretende. ¿O qué opina usted cuando un partido de futbol termina con tiros libres a la portería y se habla de “la lotería de los penaltis” o de “esto no se acaba hasta que se acaba” y “hasta el último minuto cuenta”? ¿Qué decir de “la fiesta de la democracia” cuando se refieren a las votaciones? ¿Y de “los hombres fuertemente armados” (o su respectiva redundancia del “comando armado”, cuando comando significa de por sí “grupo armado”) o el famoso “se dio a la fuga”? Como diría mi abuela: “ya chole”, porque hasta hablar de lugares comunes es ya un lugar común.

Hemos llegado a tal grado que el profesor de periodismo José Alberto García Avilés, de la Universidad Miguel Hernández de Elche, en España, lanzó el Diccionario del cliché en línea (http://diccionariodelcliche.umh.es) con ayuda de sus alumnos. Más de tres mil 500 expresiones recopiladas para invitar a los periodistas a pensar en alternativas en caso de encontrar en la lista alguna de las frases que pretende usar.

Porque, seamos honestos, a veces por querer adornar, buscar sinónimos o vernos “literarios” y apantallantes terminamos hablando como Don Quijote y usamos palabras tipo “maleante” en vez de ladrón —que ya ni en España utilizan— o la famosa milenial: “encendió las redes”.

Así que ya sabe: entre menos lugares comunes, más lectores felices… porque “lo que se hace sin esfuerzo y con pereza, no puede durar ni tener belleza”.

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