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Un mexicano me dijo…

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En Tlaxcala, el presidente electo Andrés Manuel López Obrador anunció que será la Secretaría de Cultura, la primera dependencia que salga de la Ciudad de México como parte de su programa de descentralización. Situación que tiene bastante preocupada a la próxima titular de esta secretaría, Alejandra Frausto, puesto que, haciendo cuentas, se gastaría más en la renta de un espacio nuevo y en la renta de viviendas para los trabajadores, que el gasto promedio que actualmente tienen en la Ciudad de México. Nos cuentan que para minimizar el gasto, la próxima administración contempla la renta de algunos hoteles de paso aledaños a donde finalmente estaría la sede de la Secretaría de Cultura.

En el PRI, dirigido por Claudia Ruiz Massieu, existen fuertes problemas económicos, los cuales han derivado en el despido de personal, reducción de salarios y fuertes recortes presupuestales. La situación, hecha pública por el secretario de Finanzas del partido, Luis Vega, entregará a la dirigencia nacional el estado financiero, el cual es consecuencia de la histórica derrota del partido, el pasado 1 de julio. Menudo problema el que tiene Ruiz Massieu.

Si usted creía que las cosas al interior de Morena van como miel sobre hojuelas, le chismorreo que no es así. Diputados y senadores del partido fundado por AMLO están creando grupos y corrientes dentro del partido; todo porque el coordinador de los diputados morenistas, Mario Delgado, está asignando comisiones a sus aliados electorales y no a quienes han sido fieles a la causa por muchos años. A final de cuentas, el chiste se cuenta solo: lo único que les interesa a los diputados de la “cuarta transformación” es, como cualquier priista, el hueso.

Al que le llueve sobre mojado es al excandidato presidencial, Ricardo Anaya, quien aparentemente iba a dar algunas clases en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. No obstante, la máxima casa de estudios desmintió las versiones que difundieron personajes del exaspirante. ¿Quién mintió? No lo sabemos. Lo que sí estamos seguros es de que al panista no da una en aquello de regresar a la vida pública. ¿Será que su carrera como político está más que muerta?º

Opinión

Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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