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Constitucionalidad y violencia contra la mujer

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José Ramón González, 61 KB, mujeres

Entre los dedicados al estudio de la Política y el Derecho hay quienes sostienen –y no les falta razón– que las mujeres, al interactuar con otras personas y grupos, han sufrido una enorme y recurrente cantidad de violencia en el trabajo, en la familia y en la sociedad. Sin embargo, Alain Touraine en su libro “El Mundo de las Mujeres” manifiesta su sorpresa al constatar entre los resultados de una encuesta que aplicó a mujeres, en la que les pidió que se definieran como tales y la mayoría de ellas nunca lo hicieron como víctimas, sino como madres, profesionales, emprendedoras, originarias de un país o ciudad, pero ante todo como mujeres, además de manifestar, en la gran mayoría de los casos, que su meta era construirse a plenitud como mujeres que son.

Sin duda, la construcción de sí mismo(a) es una cosa seria en un mundo líquido como el actual, en el que todo nos llama a escapar de nosotros mismos. Hasta hace relativamente poco, los seres humanos nos definíamos a partir de nuestra vinculación con el mundo; ahora esa autodefinición se relaciona, primordialmente, con lo que somos y queremos ser. En un primer vector de investigación, las mujeres, más que los hombres, pasan por este hiperindividualismo orientado a construir una identidad propia a partir del cuidado personal y el desarrollo profesional. La indumentaria, el maquillaje, el ejercicio, las dietas, la cirugía estética y todo lo demás que los hombres piensan que son medios de seducción –dice Touraine– en la actualidad no son más que mecanismos que las mujeres tienen más bien para seducirse a ellas mismas, para estar satisfechas con lo que son.

La meta final de la mujer ya no gira alrededor del hombre, sino que se basa en los nexos consigo misma; comienza a construir su propia realidad a partir de su sexualidad, de su relación y conformidad con su cuerpo y con ella misma. Lo curioso es que, ante este panorama, en los hechos, las mujeres enfrentan hoy una nueva dominación: la de los medios y la publicidad, que las transforma en hiperconsumidoras. Las mujeres se avergüenzan de cómo las usan en muchos anuncios, están en contra de la publicidad que roba su imagen al tomarlas como objeto sexual, como medio para sexualizar mercancías, pero, paradójicamente, son las que ven más publicidad y consumen mucho más que los hombres.

En un segundo vector –el profesional–, las mujeres que han sufrido una dominación histórica y casi total, ahora están ocupando cada vez más espacios en las aulas, en el trabajo público, en el privado y el social; aunque este hecho –cabe decirlo– vaya aunado a una depreciación considerable de la fuerza laboral sin distingo de género, donde se trabaja más y se gana menos que antes. Bajo esta pauta doble, las mujeres encuestadas son conscientes de que la combinación de vida personal y trabajo es en la actualidad la mejor opción de vida. Saben que una participación limitada, ya sea con su carrera o con sus hijos, obstaculiza su éxito, por lo que consideran necesario combinar ambas y esto implica un cambio profundo productor de toda una nueva ética: son ahora ellas las que en el terreno práctico están formulando los grandes temas de la reconciliación del cuerpo y el intelecto, de lo material y lo intelectual, del pasado y el futuro, de lo privado y de lo público, de la razón y de la emoción.

En lugar de elegir entre una postura y otra –dice el autor– las unen sin confundirlas”. Todo esto da pie a una seria reflexión de carácter jurídico en cuanto a la misión básica que toda reforma constitucional en materia de derechos fundamentales específicos para las mujeres y sus correspondientes garantías debería tener, a fin de construir un sólido marco de principios, normas y prácticas que les faciliten dejar de ser víctimas para convertirse en actoras estelares del sistema jurídico, político y social.

Es aquí donde surge otra sorpresa dentro del propio sistema constitucional mexicano, pues solo en siete artículos de la Carta Magna existe referencia a las mujeres, de los cuales cinco hacen referencia a hombres y mujeres, ya sea como parte de la sociedad en general (art. 4°, 6°, 18, 30, 34) o de ciertos sectores sociales (indígenas, migrantes, reos del orden penal); y en solo dos de ellos hace mención a las mujeres en específico (artículo 2°, apartados A y B), y su fracción VIII (respeto a la integridad y dignidad de la mujer indígena en la aplicación de usos y costumbres; derecho a votar y ser votadas y a participar en el gobierno; difundir la igualdad de genero por radio comunitaria (?!); y el artículo 123, apartados A y B, que se refiere a la protección de la mujer trabajadora durante la gestación, el parto y la lactancia, aunque con curiosas e injustificadas diferencias entre ambos, dada la forma de otorgar los días de descanso, como si las mujeres que trabajan en la iniciativa privada fueran diferentes en su fisiología que las burócratas.

De la lectura de estos artículos se desprende: a) que el constituyente mantiene una visión de derechos fundamentales tradicional, esto es, genérica y congruente con el artículo 4° y la doctrina internacional al considerar a todos –hombres y mujeres– como seres humanos en su conjunto, y b) que en el caso de derechos específicos de las mujeres, los únicos dos artículos que los postulan, lo hacen de forma a todas luces parcial, en cuanto a su mera condición de gestadoras y madres y/o en cuanto a su relación con los hombres.

El acucioso estudio de Touraine nos lleva a pensar nuestra constitucionalidad desde esa nueva perspectiva, que considera el nuevo posicionamiento de la mujer en la vida política, económica, social, cultural, ante todo como un asunto de actitud y acción, soportada por el andamiaje del nuevo paradigma constitucional, tanto en lo que se refiere a derechos fundamentales, como a la legislación secundaria y a los mecanismos e instituciones que los garanticen y conviertan en hechos tangibles

Opinión

La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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