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La “tía Conah”: cuando la “H” dejó de ser muda

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Carlos Organista, 76 KB, H

Imagine usted, amable lector, que un buen día, después de diez años de haberlo tenido en mente y haber probado las mieles de la vida profesional, amanece con cierto espíritu radical y decide —al más puro estilo de “Mudanzas” de Lupita D’Alessio— emprender la aventura: lanzarse por ese posgrado que se le había negado anteriormente por distintas circunstancias.

Luego de hacer cuentas alegres, de tiempo y dinero necesario para invertir en tan académica empresa, y aprovechando que aún no tiene descendencia, decide tocar la puerta en una universidad pública y se encuentra con una cláusula gigantesca: “En este posgrado solo aceptamos estudiantes de tiempo completo”; es decir, si quiere usted entrar deberá renunciar a su empleo… Uno entiende: claro, se trata de venir a estudiar, no de hacerse tonto, pero ¿de dónde saldrá el dinero para pagar renta, comida, transporte, libros…?

“La tía Cona (o el mejor conocido Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, Conacyt) le ayudará con una beca, por eso no se preocupe”, le dicen. Entonces, decide usted dejar atrás todo y asumir su nuevo reto en tiempos de la Cuarta Transformación. Pero, de pronto, alguien —con evidente mala leche— publica un documento privado, de esos burocráticos oficios que siempre han existido en periodos transexenales, donde se pide suspender toda convocatoria de apoyos y contratos emitidos por el Conacyt después del 31 de julio de 2018, “para no comprometer el gasto del 2019”.

Para ese momento, usted ya renunció y ya debe dinero, porque los trámites para obtener su beca duran casi todo un semestre; prácticamente, está en un estado previo a la bancarrota… y la poca claridad del mensaje le cae como el reto viral de la cubeta de agua helada. Así vive un becario Conacyt la irresponsabilidad de un filtrador y conocido golpeador político, y la falta de claridad de la futura directora de una entidad tan importante como la que se encarga de hacer que este país produzca más de lo que puede o sabe.

Así lo padece alguien que decide dejar todo por comprometerse con algo que realmente puede hacer la diferencia en México y el mundo: la educación, el desarrollo y la innovación; pero que debe aguantar los cambios de discurso que primero ofrecen aumentar el apoyo a la Ciencia y la Tecnología, “como no lo han hecho los gobiernos anteriores”, a por lo menos el 1.0 por ciento del Producto Interno Bruto establecido por ley, y después le advierten que las condiciones del país no lo permiten y que al menos se dejará como estaba después del recorte del actual gobierno (entre el 0.50 y 0.55 por ciento del PIB, similar a lo que destinan países africanos como Tanzania, Uganda, Senegal y Botswana, según la Unesco).

Pasado el trago amargo, María Elena Álvarez-Buylla, propuesta por Andrés Manuel López Obrador como futura titular del Conacyt, aclaró que nunca solicitó cancelar ni suspender becas ni apoyos, lo cual era impensable desde un principio. No obstante, sacó a relucir nuevamente la falta de apoyo a áreas tan sensibles y golpeadas desde el pasado. Para ponerlo claro: si México desea priorizar realmente este sector debería destinar, por lo menos, un dólar de cada 100 dólares de su PIB; pero apenas aporta 50 centavos de dólar por cada 100.

Es decir, la austeridad republicana no debería tocar el desarrollo científico y tecnológico, sino beneficiarlo. Una vez hecha pública esta catarsis personal (que seguro podría ser colectiva) —usted disculpará, estimado lector, pero mi vida actual de “estudihambre” tiene prioridad en mis intenciones periodísticas— y a propósito de la “tía Cona”, como se le llama en confianza en el mundo de los maestrandos y doctorandos, la Choropedia no podía quedarse atrás respecto al anuncio hecho en días pasados por la propia doctora Álvarez-Buylla en relación con el cambio de nombre de la institución: “El nuevo CONAHCYT será el Consejo de las Humanidades, Ciencias y Tecnologías; fomentando el concurso de todas las áreas del conocimiento, incluyendo las ciencias sociales y humanidades en favor del desarrollo científico y tecnológico con responsabilidad ética, social y ambiental”, escribió en un tuit.

Si bien nos han enseñado siempre que la “h” es muda, la importancia de incluirla en el acrónimo, “aunque no suene”, sí que es un cambio radical que se convierte en todo un paradigma: reconocer finalmente la aportación de las Humanidades y las Ciencias Sociales, no solo las coloquialmente llamadas “ciencias duras” (Matemáticas, Física, Química…). Así que ¡bienvenida la “tía Conah”! Pero, a todo esto, ¿usted sabe diferenciar entre un acrónimo y una sigla? ¿Es lo mismo UNAM, IMSS e ISSSTE, que Unesco y Conahcyt?

De acuerdo con la Ortografía de la lengua española, una sigla es un “signo lingüístico formado generalmente con las letras iniciales de cada uno de los términos que integran una expresión compleja”. Por ejemplo, ONU son las siglas de Organización de las Naciones Unidas. Aunque existen siglas que parecen más bien nombres de androide de La Guerra de las Galaxias (Star Wars), como las autodenominadas siglas de los futbolistas Javier “Chicharito” Hernández (CH14) y Cristiano Ronaldo (CR7); y otras impronunciables, como el nuevo acuerdo comercial entre México, Estados Unidos y Canadá: USMCA, por sus siglas en inglés.

Acrónimo, por otro lado, es una “sigla cuya configuración permite su pronunciación como una palabra”, es decir, ONU es tanto sigla como acrónimo, ya que puede leerse /ó-nu/ o también /o-ene-u/. Así llegamos a Conahcyt, que para formarse no solo tomó las letras iniciales de su nombre, sino un par de vocales más: Consejo Nacional de las Humanidades, Ciencias y Tecnologías; y se lee como se escribe: /co-nah-cyt/.

Y también aplica como acrónimo la unión de dos palabras o dos ideas en una sola, como “estudihambre”, que sería algo así como una suerte de estudiante-becario sin beca… Las siglas se escriben con todas las letras en mayúsculas y sin tildes (CIA, FBI, UNAM, IMSS). Los acrónimos que son nombres propios y tienen más de cuatro letras pueden escribirse solo con mayúscula inicial y llevan tilde o no en función de las normas habituales al respecto: por eso lo más apropiado sería Conahcyt y no CONAHCYT.

Aunque, la escritura del acrónimo con todas las letras en mayúscula también es ortográficamente correcta. De pronto, algunos se inventan cosas que no son ni siglas ni acrónimos ni abreviaturas, sino una mezcla de caracteres que no pueden explicarse desde las reglas de “mamá RAE”, como CDMX… pero esa es otra historia.

Eso sí, como diría mi abuela: “más vale oír claridades, y no sufrir necesidades”, porque si le da por crear su propia sigla y no la explica puede crear confusiones. Así le pasó al famoso y polisémico ALV que circula por internet, el cual, según el contexto, como explicó el sitio Buzzfeed, puede variar su significado, y más allá del llamado a mandarlo muy lejos —como al rancho de Andrés Manuel López Obrador—, algunos lo han resignificado como: “Amo la vida”, “A la victoria”, “A la víbora, víbora, de la mar…”, “A la vío, a la vao…”, “A la veracruzana”, “Aguanta la vara” y más joyas parecidas.

Así que ya sabe: mejor acrónimos con h sola (y “muda”), que siglas mal acompañadas.

Opinión

La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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