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La Siriquisiaca nos hace los mandados

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Carlos, 76 KB, Siriquisiaca

Si algo hay seguro en la vida es que, como dice mi sabia madre, “del rayo se salva uno; pero de la raya, no”; porque, por más que intentemos burlarla, la calaca “tilica y flaca”, al final, siempre nos encontrará. Pero eso no significa que, cada año en temporada de cempasúchil, dejemos de mofarnos de la Catrina o de la “Señora de Muchos Rostros”, como quizá le llamaríamos si Juego de tronos (Game of Thrones) fuera una serie mexicana.

Ya lo dijo Octavio Paz en El laberinto de la soledad: “Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente. Cierto, en su actitud hay quizá tanto miedo como en la de los otros; mas al menos no se esconde ni la esconde; la contempla cara a cara con impaciencia, desdén o ironía: ‘si me han de matar mañana, que me maten de una vez'”.

Quizá por eso la nombramos con decenas de motes: huesuda, pelona, afanadora, copetona, pachona, amada inmóvil, chicharra, pálida, siriquisiaca, dama de la guadaña, seria, igualadora, apestosa, descarnada, impía, parca, tembeleque, dientona, blanca, jijurria, patrona, tía de las muchachas, chirrifusca, fría, llorona, paveada, güera, calva, coatacha, hedionda, mocha, pepenadora, tilinga, canica, Coatlicue, novia fiel, tiznada, veleidosa, triste, chifosca, chicharrona, costal de huesos, comadre, cargona, canaca, cabezona, enlutada, doña Osamenta, doña Huesos, desdentada, democrática, dama del velo, dama delgada, chupona, chiripa, chingada, indeseada, hilacha, fregada, flaca, estirona, espirituosa, patas de popote, patas de ixtle, patas de hilo, mera hora, María Guadaña, malquerida, liberadora, jodida, zapatona, trompada, tostada, raya, polveada… y demás apodos recogidos por el artista queretano Érik de Luna en su lotería de los 100 nombres que los mexicanos le dan a la muerte.

Pero, llámese como se llame, no nos importa, pues seguimos jugando con ella… y, a final de cuentas, la siriquisiaca nos hace los mandados. Es cierto: si no se es mexicano resulta difícil entender por qué hablamos de muerte en tiempos violentos y nos burlamos de ella, al menos en fechas en que aparece la “flor de los veinte pétalos” e ilumina el camino de vuelta de quienes “se adelantaron en el viaje”. Dijo Paz: “La indiferencia del mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida. El mexicano no solamente se postula la intranscendencia del morir, sino del vivir. Nuestras canciones, refranes, fiestas y reflexiones populares manifiestan de una manera inequívoca que la muerte no nos asusta porque ‘la vida nos ha curado de espantos'”.

Aunque ello no impide que sintamos rabia y alcemos la voz por los 13 periodistas asesinados en nuestro país en lo que va de este año, ni que dejemos de sentir como nuestras las palabras de la premiada reportera mexicana Alma Guillermoprieto cuando asegura que “matan a un periodista para intimidar a todos”, pero “hacemos falta en este mundo” para hablar de los horrores que se viven en él y evitar la confusión. Y es que, como mexicanos, una de nuestras principales armas es la palabra —más en Día de Muertos, con los tradicionales versos de las “calaveritas”—; y nada impedirá que la usemos para seguir burlándonos de doña Catrina cuando “colguemos los tenis”, “devolvamos el envase”, “pasemos a mejor vida”, “estiremos la pata”, “chupemos faros”, “se nos funda el chip”, “entreguemos el equipo”, “nos cargue el payaso”, “nos quedemos fritos”, “valgamos madre”, “bailemos con la más fea”… o, como dirían en Colombia, “nos paletiemos” (por aquello de quedarnos helados, como paleta), o “agarremos pista”, según dice un buen amigo ecuatoriano.

Es cierto: si no se es mexicano es difícil comprender por qué, pese a la tragedia, en uno de los carros del Ejército que desfiló el pasado 16 de septiembre había una mano que simulaba estar enterrada entre los escombros del 19-S y saludaba efusivamente a los asistentes. Es cierto: es políticamente incorrecto burlarse cuando hay familias que perdieron a sus seres queridos. Pero, al menos, más allá de religiones, estos días nos permiten recordar con gozo a quienes ya “devolvieron el envase”, por el solo hecho de ser mexicanos.

Porque, Paz dixit, “nuestra muerte ilumina nuestra vida”. Así volvemos a creer en nuestras raíces indígenas: deseamos que ellos vuelvan, se tomen una copa y coman un pozole con nosotros, en ese altar que preparamos para el reencuentro; y que charlemos y nos allanen el camino al otro lado, con ayuda de más xoloizcuintles. Porque por mucho Halloween que nos quieran meter a punta de mercadotecnia, por fortuna, aún hay niños pidiendo “calaverita” para sus muertos; y las catrinas y catrines retoman poco a poco su lugar dentro de nuestra cultura popular.

Y como “pretextos quiere la muerte, para llevarse al enfermo”, la Choropedia optó por aprovechar la temporada para recuperar el elegante lenguaje que aflora en los mexicanos cuando de la dientona se trata. Así que ya sabe, como dice Herón Pérez Martínez en el Refranero mexicano: “chingue a su madre la muerte, mientras la vida nos dure”.

Opinión

La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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