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Yo tan viejoven y tú tan chavarruca…

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Carlos Organista, 76 KB, Viejorrucos

Hace algunos días leía, en la versión española del Huffington Post, una serie de recomendaciones a tomar en cuenta si alguien molestaba con la edad y la decisión de no tener descendencia: “Cómo lidiar con comentarios impertinentes por no tener hijos”. En ese mismo portal, meses atrás, me he topado con textos como: “La reflexión viral que hará que dejes de preguntar a la gente por qué está soltera”, “¿Eres un perfecto soltero o un feliz emparejado?”, “Si a mí no me importa estar soltera, ¿por qué a los demás sí?”, “Cuanto más me acerco a los 40, menos añoro los 25″… Totalmente comprensibles los títulos, porque, como decía mi abuela: “más vale bien quedada (o), que mal casada (o)”.

Y es que, según la tradición familiar y más allá de cuestiones religiosas, casarse y tener hijos es algo que “debe hacerse antes de los 30, para poder disfrutarlos y cuidarlos”… claro, ¡cuando no podías vivir más allá de los 35!, es decir, en el siglo pasado. Pero la dinámica de vida ha cambiado tanto que las expectativas y aspiraciones han debido hacerlo de igual forma, pues hoy en día pueden hacerse mucho más cosas antes de los 30 y los 40 que solo tener descendencia y emparejarse. Porque, como dicen los “solterones”: “el que se casa se atrasa”.

Respetables y admirables quienes han podido y han decidido casarse y tener hijos antes de llegar a la tercera década de vida; respetables y admirables también quienes quieran o no hacerlo después de ella. Lo importante en este mar de diferencias y “deberes” es que se ha modificado igualmente la forma en que consideramos la juventud y la vejez: cuando creíamos que la tercera edad era el camino hacia la recta final de la vida, los adultos mayores de 65 años alzaron la mano y, con toda autoridad, dijeron: “¡Viejos los cerros, y todavía reverdecen!”.

Con lo cual entramos a la idea de una cuarta edad que va más allá de los 80. En 2016, Lynda Gratton y Andrew Scott, profesores de la Escuela de Negocios de Londres, publicaron el libro The 100 Year Life – Living and Working in an Age of Longevity, en el que plantean la necesidad de pensar sin prejuicios en la vejez y, dada la falta de solidez financiera para las pensiones, la posibilidad de tener que trabajar a los 80 años o más para subsistir, “a menos que ahorren más del 10 por ciento de sus ingresos cada año”. Pero bueno, más allá de pensar en eso y deprimirnos, la intención de todo este choro, con eso de que “los 30 son los nuevos 20”, es pensar quién es la juventud del siglo XXI y cómo debemos llamarla.

Eufemísticamente, en México hemos usado de un tiempo para acá el famoso vocablo “chavorruco” para tratar de ubicar a esa enorme parte de la población que se desmarca cada que puede de lo que todos nombran como millennials —y que nadie logra definir con exactitud quiénes rayos son—, por los estereotipos vinculados a su comportamiento y pensamiento. La palabra, formada por acronimia, resulta de la unión de chavo (“Persona joven que viste y actúa según la moda|Muchacho, niño que aún no es adolescente”, de acuerdo al Diccionario de americanismos) y ruco (“Persona de edad avanzada”).

Así, según la Comisión de Consultas de la Academia Mexicana de la Lengua: “El término chavorruco se emplea para referirse a ‘una persona de edad avanzada que, a la manera de los jóvenes, actúa y se viste según la moda'”. Sin embargo, como usuario y aludido, difiero: chavorruco ha permitido ubicar —un poco en broma y otro poco en serio— a personas de entre 35 y 45 años, aproximadamente, no a personas “de edad avanzada”; independientemente de su vestimenta. Es decir, sujetos que ni somos mileniales ni tampoco Generación X del todo, sino esa suerte de bisagra entre ambos.

Según el portal Verne, recibiríamos el nombre de xennial (nacidos entre 1977 y 1983)… o chavorrucos, diría yo —y chavarrucas, porque hay que ser incluyentes, ¿no?—. Ahora, si hablamos de gustos, la música también podría definirnos: el reguetón y el pop tienden a asociarse con los más jóvenes y el rock con los más “viejitos”, por lo que desde hace tiempo existen los famosos “ruqueros”. Expresión con la cual se definió alguna vez a sí mismo el comediante Jo Jo Jorge Falcón, según la entrevista que le hizo El Financiero en 2015, cuando dijo que antes de la comedia se dedicaba a la música: “Me inspiró Mario Trixon, quien tocaba el acordeón y hacía humor; cuando lo vi quedé impactado. Yo era requintista de grupos de rock; ahora ya soy ruquero”.

En España, existe un término parecido al nuestro: viejoven. El mes pasado, la Fundación del Español Urgente (Fundéu) lanzó una encuesta entre hispanohablantes, en la que participaron casi 400 personas, para que la gente decidiera cuál de las dos definiciones de la palabra se ajustaba mejor: “persona anciana que se comporta y actúa como una joven” o “persona joven que se comporta y actúa como una anciana”. El resultado varió según el grupo de edad: los menores de 20 años se decantaron ligeramente (15 contra 12) por la segunda definición (jóvenes que se comportan como ancianos), junto con los grupos de 21 a 30 y de 31 a 50 que votaron también por esa; mientras que los mayores de 51 años optaron por la primera (ancianos que actúan como jóvenes).

Pero también dependió del país desde donde se contestó la encuesta: en España, el 80 por ciento piensa en personas jóvenes que actúan como ancianas; y, en general, en Latinoamérica prefieren referirlo a viejos que se comportan como jóvenes. De ahí que en Colombia, por ejemplo, exista la palabra cuchacho (acrónimo de cucho: viejo, y muchacho). Así que ya sabe: la que con viejoven se casa, viejoven se la pasa; porque si la juventud supiera y el chavorruco pudiera…

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

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Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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