Conecte con nosotros

Opinión

29 historias para perder la fe en la humanidad

Publicado

Mariana Otero, 69 KB, humanidad

Detenida de manera ilegal y arbitraria, presentada ante medios de comunicación, vinculada a proceso, auto de formal prisión, lesiones que no ponen en peligro la vida y tardan en sanar menos de 15 días, auto de formal prisión: SENTENCIADA.

En 29 historias se repiten las mismas palabras y los mismos patrones, la violación sexual, los golpes, la asfixia y las amenazas, en un México en el que el precio de la vida de una mujer se devalúa junto con la moneda, los valores y el tejido social.

Un México en donde el que vela por mi seguridad, el que nos cuida, el que debe ser heroico, el violador, el verdugo, el golpeador o el que nos protege, pueden ser el mismo.

En un informe sobre tortura sexual contra mujeres, el Centro de Derechos Humanos “Miguel Agustín Pro”, exhibe las monstruosas condiciones en que 29 mexicanas fueron detenidas, vejadas, torturadas, y obligadas a declararse culpables por delitos que no cometieron. La mayoría de ellas aún están presas. Todas fueron detenidas por las fuerzas que juraron protegerlas. ¡Esto es México, señores!

En medio de la discusión sobre la creación de una Guardia Nacional, que para muchos es más de lo mismo, (o el mismo chicle, pero con diferente sabor), el “Centro Pro”, pone al descubierto los riesgos de mantener a los soldados y marinos en la calle, y hace hincapié en el doble riesgo que enfrentan las mujeres bajo esa estrategia.

Según los discípulos de la cuarta transformación, utilizar 50 mil efectivos castrenses como Guardia Nacional, a modo de policía militar, tendrá como resultado el regreso de la paz y la seguridad en nuestro país; y los escépticos dudamos, cuestionamos y nos atenemos a quien nuestras creencias apunten para que “en una de esas, sí sea chicle, y pegue”.

En medio de la fe y las dudas, el Centro Pro, documentó 29 historias desgarradoras de mujeres que en el menor de los casos fueron detenidas arbitrariamente, golpeadas, obligadas a auto inculparse y sentenciadas a prisión, (repito: en el menor de los casos).

En otros casos, desgarradores, sobre todo porque la tortura es perpetrada por aquellos en los que deberíamos estar confiando nuestra seguridad, las mujeres fueron violadas tumultuariamente y torturadas de formas que no puedo escribir sin que se me haga un nudo en el estómago.

Luego de leer algunos de los testimonios (reconozco que mi estómago no alcanzó para más), uno no puede dejar de preguntarse ¿y ahora quién nos cuida? ¿Los policías y soldados que salvan y protegen son solo una fantasía del pasado? ¿Estamos conscientes del daño que nos hacemos y le hacemos a la milicia al ponerla en la calle a combatir criminales?

“Documentamos exhaustivamente los casos de 29 de ellas y confirmamos que la tortura sexual es generalizada y que dentro del aparato estatal existen esquemas institucionales que alimentan y/o permiten su comisión”.

“Con este informe queremos aportar a la lucha por su libertad, pero también: contribuir al desarrollo del entendimiento de la tortura sexual como violación grave a derechos humanos, documentar y analizar los patrones de detención arbitraria y tortura sexual contra mujeres; revelar los impactos de estas prácticas en los procesos penales; evaluar la respuesta estatal, particularmente, en el cumplimiento de las obligaciones jurisdiccionales y visibilizar la vivencia, dolorosa pero también resiliente, de un grupo de mujeres –y sus familias– que en las más adversas circunstancias siguen luchando por alcanzar la justicia”, destaca el Centro Pro en la presentación del texto.

Entre tanto, las mujeres mexicanas nos sentimos rotas, vulneradas en nuestra seguridad, en nuestro patrimonio, incapaces de caminar libremente por nuestro país, de vivirlo plenamente, y ya ni se diga… pasar cerca de un retén o un operativo sin pensar que el que debe protegernos, es el mismo que podría destruirnos.

En tiempos contradictorios, llenos de nubarrones y sin claridad, tenemos la propuesta de una Guardia Civil o policía militar, al mismo tiempo que nos convocan a una Constitución Moral; nos invitan a consultas para cogobernar, en un lugar en donde algunas veces es ganancia sobrevivir; en donde ser mujer es un riesgo.

Así las cosas.

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

Publicado

el

Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

Seguir leyendo
Anuncios

Revista Digital

 width=

Anuncios

Política

Anuncios

CDMX

Anuncios

Tienes que leer