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Ser visible

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Mariana Otero, 69 KB, visible

“Las INVISIBLES existen, viven con nosotros, y de poco sirve que la sociedad entera se sumerja en discusiones para lograr una mayor equidad laboral entre hombres y mujeres, si las que están en casa, las que tienen acceso a nuestro círculo de mayor intimidad, se encuentran, por decir lo menos, sin el mínimo reconocimiento social, laborando jornadas excesivas, con salarios miserables, y OCULTAS”, escribí en este espacio el pasado dos de febrero.

El texto se llamó “Las Invisibles”, en referencia al estudio en que el INEGI da a conocer que la situación económica y las condiciones de empleo en el país orillan a las personas trabajadoras del hogar a aceptar el salario y las condiciones del empleador, por lo que su labor transcurre en un entorno aislado y prácticamente invisible.

Y como si se tratase de un complot del universo o de la temporada navideña, los Poderes de la Unión se alinearon en beneficio de las trabajadoras del hogar, así en plural y en femenino, pues el 90 por ciento de las personas que se dedican a estas labores son mujeres. Por un lado, la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró discriminatorio no inscribir al personal doméstico en el Seguro Social, y ordenó al IMSS que elabore un programa piloto para que los patrones puedan dotar de este beneficio a esas dos millones de mexicanas.

Mientras que en el Poder Legislativo, senadores de todos los partidos e ideologías (Patricia Mercado, Martha Lucia Micher Camarena, Napoleón Gómez Urrutia, Alejandra Lagunes Soto Ruiz, Claudia Ruiz Massieu, Damián Zepeda Vidales, Kenia López Rabadán y Citlalli Hernández Mora, para que sepa el lector a quién le debemos el avance), presentaron una iniciativa de Ley, para que este sector de la población cuente con todas las prestaciones y derechos laborales.

Actualmente, la Ley Federal del Trabajo no contempla un marco en que se determinen horarios, remuneración justa, aguinaldo y seguridad social para las empleadas del hogar, de ahí que la iniciativa plantea reformar la norma y otorgar todos los derechos y prestaciones sociales y prohibir la contratación de menores de 15 años. Y ahí vamos las que pretendemos defender o impulsar la equidad en el trato y la igualdad de derechos entre hombres y mujeres de todas las razas y religiones a celebrar que en un solo día, dos millones de mujeres estén por ver que la ley les haga justicia.

La Corte ordenó que un plazo no mayor a 3 años, se logre “obtener la seguridad social, efectiva, robusta y suficiente a la totalidad de las empleadas domésticas en el país”, por lo que el instituto a cargo de Germán Martínez Cázares tendrá que crear un método sencillo, rápido y efectivo para que todos los que contamos con ayuda en la casa, podamos ofrecer lo que debería haberse otorgado desde hace décadas; pero como dice el refrán “más vale tarde, que nunca”.

El Instituto Belisario Dominguez, organismo de investigación del Senado, ha documentado que no solo se trata de que este tipo de labor se encuentra sin regulación alguna, sino que además la brecha salarial entre el 90 por ciento de mujeres que lo componen, y el 10 por ciento masculino, es infame: La tendencia es que las mujeres ganen alrededor de un 40 por ciento menos, que los varones, aunque se trate del mismo trabajo.

En una conferencia de prensa para dar a conocer la iniciativa, la senadora Claudia Ruiz Massieu informó que actualmente existen 2.3 millones de personas que se dedican a labores domésticas en un ambiente de desventaja y desamparo en comparación con el resto de las personas económicamente activas.

Y si bien, aún falta que los patrones asumamos el compromiso y seamos parte de una mejoría que impactará en la vida de millones de mexicanos y de las generaciones siguientes, es grato saber que, al menos, en la Ley, ya se dan los primeros pasos en la dirección correcta.

No más “chachas”, ni “sirvientas”, si no justicia e igualdad a millones de trabajadoras que han sido víctimas de una discriminación estructural durante décadas.

Opinión

La paciencia no se estira como un chicle

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Jorge Albarrán, 72 KB, Paciencia
Reporte Nivel Uno

                                                                                                                                                                                                                                                                                               “La tortuguita se fue a pasear”

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                           J. Revueltas

Una maraña de entidades abstractas que parecen diluirse en los espacios comunes, que pese a su aparente insignificancia, significan y se cuelan entre silencios cómplices, miradas punzantes y el ensordecedor alarido de los murmullos denigrantes.

Pero cuando estos estadios de la misoginia, terribles en sí mismos, se materializan en las más repulsivas formas de violencia y muerte, se hace evidente la necesidad de replantear el concepto contemporáneo de masculinidad para emprender la búsqueda de una co-construcción.

La lucha por la equidad no es exclusiva de las mujeres, los hombres también estamos inmersos en las dinámicas que nos han hecho creer que solo existe una forma de ser hombres, un mismo discurso hegemónico donde la masculinidad es acotada por el temor de ser excluidos de la categoría dominante, de entrar en el deshonroso terreno de lo femenino y ser considerados maricas.

Por eso, cuando este miedo se extiende, encontramos que la forma más sencilla de legitimarnos como machos es a través de una actitud donde la mujer se vuelve inferior. ¿Por qué?, porque los hombres “somos sujetos construidos sobre la negación con el otro cuerpo, somos la oposición a la Otredad”.

Simone de Beauvoir lo señaló: la mujer es lo Otro. El varón la condenó a volverse esclava o ídolo, pero siempre al servicio de sus intereses, proyectos o necesidades; incluso cuando se le atribuyeron cualidades divinas, estas parecen responder más a sus propios temores.

A la mujer se le negó la posibilidad de elegir su propia suerte. Es esta cualidad de descalificar lo Otro, de conferir a la mujer la categoría de segundo sexo, lo que ha limitado su participación en los procesos históricos, es decir, no es casualidad que a partir de la apertura que comienza a gestarse en 1869 con el Congreso Internacional de los Derechos de la Mujer, hayan comenzado a figurar agentes históricos femeninos.

De Madame Curie a Leonora Carrington demuestran que “no es la inferioridad de las mujeres lo que ha determinado su insignificancia histórica, sino que ha sido su insignificancia histórica lo que las ha destinado a la inferioridad.”

Es esta suerte de deuda histórica la que debe obligar a los varones a repensar los roles de género asignados, después de todo, en muy pocos escenarios se puede encarnar con mayor claridad y ferocidad la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo.

La esclavitud femenina es la propia condena del varón. Judith Butler señala que a todos los sujetos les son impuestas las cualidades, esperanzas y modos en cómo han de enfrentar la vida, en base a si poseen o no un pene.

Desde el momento en que los padres descubren que su hijo es niño, la habitación se pinta de azul, se llena de cochecitos, se le compra la playera del equipo de futbol del padre y se omite por completo cualquier otra categoría que no responda al dogma común, por lo tanto se vuelve absurdo o incluso de mal gusto el siquiera pensar en darle a un varón recién nacido unas medias y unas zapatillas de ballet.

En este mismo sentido la autora plantea la necesidad de corromper a la juventud y NO, no plantea un mundo donde todas las niñas orinen de pie y los niños usen faldas rosas, sino un entorno donde se asimile la importancia del contexto para el desarrollo y la construcción de los individuos.

Sobre todo, ahora que la violencia de género se recrudece, es vital ampliar el espectro de lo que significa ser hombre y retomar estas formas marginales de masculinidad, las que viven en la sombra, ignoradas y carentes de legitimación social; porque solo a partir de ello la mujer podrá dejar de ser considerada una Otredad, la parte dominada o el objeto con fines de placer sexual.

Se debe combatir la masculinidad hegemónica que nos incita a ser mujeriegos, brabucones orgullosos de la virilidad y las conquistas sexuales, pues esta misma imposición es la que nos vedó la capacidad de llorar, de ser sensibles, cariñosos, de ser más humanos y en cambio nos aterró con el miedo a ser excluidos, el terror de ser llamados maricas.

Y no se trata de ser afeminados, sino de desarrollar “ese aspecto de la masculinidad que ancestralmente parece que tuvimos los seres humanos y que por esta revolución del patriarcado se instaló como una negación para los varones”.

Se trata de luchar, de debatirlo, de hacer visibles nuevas formas de ser hombres más humanos; dejar de ser los cobardes que se refugian en la comodidad de lo estipulado por la norma, abrazar nuestra diferencia y defenderla, de levantar los ánimos si es necesario, porque, ¿adivinen qué?… La paciencia no se estira como un chicle.

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