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Annuit Coepit

Publicado

Fausto Kubli García
Especial

Desde su estrado, en una de sus conferencias mañaneras, el presidente López Obrador enseñó su cartera y sacó su dólar de la suerte. El billete de un dólar estadounidense está lleno de simbolismos y muchas personas tenemos (me incluyo) la vieja costumbre de tener uno en la cartera.

La fundación de los Estados Unidos estuvo marcada con ideas nacionalistas que pretenden reforzar una mística mezclada con ideas liberales y aspiraciones, un ejemplo de ello es el preámbulo de la Constitución que pretende “formar una unión más perfecta”.

Estas ideas, que combinan elementos judeo-cristianos y egipcios, están notablemente plasmadas en sus billetes. Las expresiones del Gran Sello Annuit Coepit  y Novus ordum seculorum , hacen referencia a la fundación de los Estados Unidos la primera “Dios favorezca nuestros proyectos”, y el “Nuevo orden de los siglos”, la segunda.

Para AMLO su asunción como presidente de la República significa la Cuarta Transformación de México, un evento tan emblemático como la Independencia, la Reforma y la Revolución. Se trata de la instauración de un nuevo orden en México, país marcado por la mediocridad, el autoritarismo y la corrupción de sus antecesores.

La Cuarta Transformación tiene varios retos, entre ellos, lograr abatir la pobreza lacerante de nuestro país, que solamente ha sido utilizada como un medio clientelar-electorero; de igual manera, la seguridad está dentro de la agenda nacional como un tema marcadamente importante y urgente; de igual manera, la corrupción, que ha alcanzado niveles asombrosos de impunidad; asimismo, los problemas ambientales, educativos, fiscales, están en la enorme lista de rezagos que tiene nuestro país.

A grandes rasgos, existen dos referentes principales en las grandes transformaciones sociales. De acuerdo con Hannah Arendt, en su obra, Sobre la Revolución, las revoluciones pueden ser guiadas por el pragmatismo —como la Independencia de los Estados Unidos— o bien tener una fundamentación teórica, —como la Revolución Francesa—.

La Cuarta Transformación parece estar más inclinada a la idea pragmática del Gobierno, mucho más allá de la creación de una teoría revolucionaria y de la compilación de un ideario particular. Una de las particularidades de esta Cuarta Transformación es la polarización de sus detractores y de sus simpatizantes.

De ambos lados hay visiones limitadas, acotadas por la ira o el fervor, pocas expresiones en editoriales y redes sociales pueden considerarse sobrias, ecuánimes, con respecto a este nuevo gobierno, o es muy bueno o muy malo, ópticas maniqueas, blanco o negro. “Chairos” y “fifís” no son mas que una nueva forma de la vieja manera de expresarse de los mexicanos. La vida cotidiana, como las telenovelas, no da lugar para grises, el bueno es impoluto y el malo es abyecto.

Esta realidad tan mexicana la tenemos en la política, la historia, la lucha libre. Los mexicanos estamos resueltos a emitir juicios sencillos, poco reflexivos —que no precisan análisis profundo— con respecto a nuestro entorno.

La polémica derivada de la construcción del Aeropuerto es un ejemplo de esa sobredimensionada polarización en donde los detractores de la obra hablaron de un rescate ambiental que no tiene instrumentación alguna, hasta se inventó una tendencia (#YoPrefieroElLago ) que no parece haber sido adoptada por el gobierno.

Por otro lado, los afines a la construcción, vieron en su cancelación la llegada de una de las peores crisis económicas que encararía el nuevo Gobierno. El Tren Maya también ha desatado una gran cantidad de críticas y apologías. Lo que hay que destacar son los poco legales y ortodoxos procedimientos para cancelar el aeropuerto y la autorización del tren: las consultas.

Sin duda, las consultas hechas tanto a un pequeño sector de la población y a la Madre Tierra son absolutamente ilegítimas, injustas y contrarias al derecho. No obstante a lo anterior, su uso fue más político, dirigido a manera de advertencia a sectores que el propio AMLO llama “conservadores” y que dicho por él mismo, existen tanto de izquierda como de derecha.

Los problemas heredados por las anteriores administraciones son enormes y la Cuarta Transformación puede ser devorada por uno solo: la seguridad pública. El crecimiento desmedido de las actividades de la delincuencia organizada tiene orígenes distintos que deben ser atacados de manera inmediata.

No basta con el “me canso ganso”, Felipe Calderón se obstinó en luchar con los grandes cárteles de la droga y provocó una serie de conflictos armados internos acompañados con una senda de muerte y destrucción social.

La desaparición de los estudiantes de Ayotzinapa cambió radicalmente el curso de la administración de Peña Nieto. Más que mano dura, se debe pensar en una estrategia de mano inteligente y proponer una ruta que no incluya la militarización de la seguridad pública.

Recientemente, en estos días, se ha evidenciado el poder de los huachicoleros. El robo de combustible en México es otro asunto de seguridad pública que ha transitado a la agenda de riesgos de seguridad nacional.

Asimismo, se debe subrayar que no es posible hacer un balance de resultados con un mes y medio de gestión. Aunque los columnistas de siempre con un marcada tendencia en contra de AMLO ya lo dan por fracasado, lo prudente es esperar y opinar sobre resultados.

También es importante señalar que la comunicación social de López Obrados es muy superior a la de sus antecesores. El hecho de hacer sus conferencias mañaneras lo coloca como un demócrata. Sin chícharo, ni pantalla con texto, preguntas incisivas, se muestra tal y como es, con errores y aciertos: al fin un ser humano y no una creación mediática en la Presidencia.

Esperemos que la Cuarta Transformación detone el inicio de una serie de cambios que requiere nuestro país y sea un nuevo orden basado en el Estado Constitucional de Derecho. El pueblo de México es justificadamente escéptico, hemos sufrido engaño tras engaño por la clase política, que el triunfo de AMLO fue como el último recurso que se tenía.

Para abonar a la Cuarta Transformación, procede citar un fragmento del Programa del Partido Liberal Mexicano de 1906 “(…) pero para conseguir que el Gobierno no se aparte de ese camino [se refiere al camino de la honradez], como muchos lo han hecho, solo hay un medio: la vigilancia del pueblo sobre sus mandatarios, denunciando sus malos actos y exigiéndoles la más estrecha responsabilidad por cualquier falta en el cumplimiento de sus deberes”.

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

Publicado

el

Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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