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La planeación democrática y la constitución de papel

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José Ramón González Chávez, 61 KB, constitución

Uno de los grandes clásicos del Derecho Constitucional de Occidente es la obra ¿Qué es una Constitución?  de Fernando Lasalle, pensador judío alemán, nacido a fines del siglo XVIII en lo que ahora es Polonia, abogado y político socialista contemporáneo de Marx y Engels con quienes mantuvo contacto epistolar por años.

En ella, el autor reflexiona sobre lo que debe conformar la esencia de una Constitución, distinguiendo entre una real y efectiva, resultado o reflejo del acuerdo entre los factores reales de poder y una a la que califica como mera “hoja de papel”, término que en el constitucionalismo moderno se expresaría como aquella que si bien posee formalidad legal, carece de validez o legitimidad social, es decir, que nadie observa y por ende resulta ineficaz.

En la presente entrega traigo a cuento esta distinción entre Constitución Real  y Formal  a la luz del Sistema Nacional de Planeación Democrática  (SNPD), institución jurídico política prevista como un derecho fundamental de carácter democrático y deliberativo, proclamado y organizado por la Constitución Política de la República.

Una de las principales razones que llevaron al constituyente de 1983 a establecer el SNPD fue —y sigue siendo— la de no dejar a capricho del gobernante en turno los principios, fines y organización del desarrollo nacional, sino que la ciudadanía, el pueblo del Estado, verdadero y único titular originario de la soberanía, tenga la oportunidad de ejercer la prerrogativa de opinar y participar sobre las pretensiones, contenidos y formas del proyecto de gobierno, y que para ello, la información recabada a través de un amplio proceso de consulta popular se someta a procedimientos de recopilación, análisis y sistematización, para finalmente integrarse a un Plan Nacional de Desarrollo  (PND), documento que tiene carácter de Ley Federal y es vinculatorio para autoridades e instituciones de los ámbitos federal, estatal y municipal como documento de base para el diseño y puesta en marcha de sus propios programas y acciones específicos de desarrollo.

De tal manera, el SNPD se ha erigido desde entonces en mecanismo estratégico de la “Planeación Democrática de la Vida Nacional”, parte sustancial del engranaje de aquella transformación de México  —de esas que ahora han quedado sin número— que se llamó “La Renovación Moral de la Sociedad”, propuesta por el entonces Presidente de la República, Miguel de La Madrid, que tenía el objeto de evitar en lo subsecuente el ejercicio del gobierno a capricho individual, el sobrepeso burocrático, el dispendio de recursos en un escenario económico muy delicado, el desorden y la discrecionalidad en la toma de decisiones y la corrupción, fantasmas que al paso de las décadas, los gobernantes, las transiciones y las transformaciones —con o sin nombre— nos siguen acechando.

¿Por qué la planeación es tan valiosa para un gobierno? La planeación consiste en un proceso administrativo que conjunta y ordena de acuerdo con el contexto, las estrategias de diseño, instrumentación, dirección, operación, control y evaluación requeridas para lograr los objetivos y metas que se plantea una persona, un grupo, un organismo o el propio Estado.

De ahí que su naturaleza sea cíclica y por ende tenga que ser realizada en todas las fases del proceso administrativo: antes, durante y después de la organización institucional y, por supuesto, de la toma de decisiones.

En el ámbito gubernamental, la Planeación Democrática es un conjunto articulado de líneas de política pública y relaciones funcionales entre los distintos órganos del poder público y autoridades en los tres órdenes de gobierno y las organizaciones de los diversos sectores sociales y sus integrantes, a fin de llevar a cabo acciones de común acuerdo  en un marco de participación mediante las cuales estos hacen propuestas, plantean demandas, formalizan acuerdos y toman parte activa en el proceso de planeación de la vida democrática nacional.

En términos jurídico-políticos, el SNPD es una institución constitucional cuyo fin es imprimir solidez, dinamismo, competitividad, permanencia y equidad al crecimiento y el desarrollo para la independencia y la democratización política, económica, social y cultural del país. De ahí que para su elaboración, la propia Carta Magna establezca forzosamente:

A) Llevar a cabo un proceso de consulta y participación a nivel nacional mediante foros temáticos que serán determinados en una Ley (La de Planeación).

B) Que la información obtenida deberá ser analizada y sistematizada por la autoridad prevista en la Ley (actualmente, la Secretaría de Hacienda y Crédito Público).

C) Contrastarse con otras fuentes como las que poseen tanto el Sistema Nacional de Información Geográfica y Estadística a cargo del Instituto de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) como el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL), organismos que también son de carácter constitucional.

Asimismo, nuestro ordenamiento fundamental prevé el establecimiento de bases de coordinación para que el ejecutivo de la federación convierta la información obtenida en programas y acciones concretos junto con los gobiernos estatales y estos con los municipales, además de los mecanismos para dotarlo de suficiente flexibilidad para permitirle su adaptación a los eventuales cambios de contexto que pudieran darse.

Hasta aquí el deber ser . No obstante esta compleja, pero clara estructura constitucional, casi de sentido común, la planeación está lejos de formar parte de nuestra cultura social, política y de gobierno.

Si la intención del actual presidente es que “nadie esté al margen ni por encima de la ley”, tal como lo mencionó en su discurso de toma de posesión el pasado primero de diciembre, de acuerdo con lo dispuesto en la Ley ya debía haberse lanzado formalmente la convocatoria para participar en los foros de consulta popular, señalando fechas lugares, temas, bases de participación, procedimientos de recopilación, análisis y procesamiento, e igualmente, la propia ley establece un lapso de 120 días para que el presidente cumpla con la obligación de presentar el Plan Nacional de Desarrollo, Documento-Ley  que sea el resultado de dicho proceso democrático de consulta y sistematización.

La actual administración, incluso antes de entrar en funciones ha empezado a tomar decisiones y a emprender acciones sin tener en cuenta ni involucrar, como lo obliga la Constitución , a los individuos y sectores en cada tema y con el visto bueno del Congreso . ¿O eso ya no importa? ¿La cantidad de votos obtenidos seguirá siendo el pretexto para colocarse al margen y por encima de la ley? ¿La activación del Sistema Nacional de Planeación Democrática y la elaboración del Plan Nacional de Desarrollo se harán como lo marca la Constitución o esta no será más que una hoja de papel ?

Opinión

Desde abajo y por la banda izquierda

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Jorge Albarrán, 72 KB, izquierda
Reporte Nivel Uno

En Hamburgo, Alemania, se levanta uno de los complejos deportivos más importantes de la historia del futbol; pero el Millerntor-Stadion no adquiere su valor mítico por haber albergado futbolistas icónicos, encuentros memorables ni mucho menos por poseer instalaciones elegantes. El club local, el St. Pauli, es más bien un equipo chico que pasó sin glorias por la Bundesliga y este fin de semana disputará algún partido en la segunda categoría de la liga alemana.

Sin embargo, este equipo tan malo para jugar al futbol, desde los 80 se ha vuelto un símbolo de la política de izquierda, ha velado por los migrantes, la libertad sexual y otras consignas de la contracultura. El St. Pauli hizo evidente que el futbol es más que 22 fulanos corriendo detrás de un balón.

El futbol es un rito social, una forma de afianzar a la colectividad y el sentimiento de pertenencia de los individuos. En un mundo tan polarizado como el actual, la camiseta de un equipo termina por ser la única certeza identitaria que poseen muchas personas, incluso más que hacia un partido político, porque el descontento se ha generalizado a lo largo de décadas de promesas incumplidas. Y pese a la distancia que muchos quisieran establecer, el juego, como cualquier actividad humana, no puede deslindarse de la política.

Kiko Llaneras lo expresó con una lucidez contundente: “mientras que la política es un mecanismo para conciliar conflictos verdaderos, el futbol consiste precisamente en crear conflictos falsos y mantenerlos a perpetuidad. Por eso la política importa y debe tomarse en serio, mientras que el futbol es intrascendente y debe tomarse más en serio aún”. Hoy en día, el juego encarna los ideales de un modelo capaz de justificar cualquier acción en beneficio de la acumulación desmedida de capitales y la explotación voraz de personas por personas, a través de los mercados de piernas, los sueldos ridículos y episodios tan lóbregos e indignantes como los 112 millones de euros que pagó la Juventus para comprar a Cristiano Ronaldo, al mismo tiempo que su hermana Fiat alistaba los recortes a su plantilla de trabajadores (aclaro, esto no es culpa del jugador).

Tampoco es casualidad que sea al interior de una generación hedonista y encumbrada en ideales egoístas, donde los premios individuales de los jugadores de un juego en equipo, se encumbren a la par o incluso más allá de los logros colectivos. El conjunto, el grupo, el Argentina 2 – Inglaterra 0, es reemplazado por el yo, la selfie, el “todo es culpa de Messi“.

Estas características consiguieron que grandes figuras de la intelectualidad como Jorge Luis Borges, calificaran este deporte como estúpido y obligara a Eduardo Galeano a responder con la sutileza de quien, como muchos, quiso jugar pero las piernas no le dieron: “el futbol ocupa un lugar importante de la realidad, a veces el más importante de los lugares, aunque lo ignoren los ideólogos que aman a la humanidad pero desprecian a la gente”.

Aquí es necesaria otra cita de Galeano, aunque sea muletilla, “como el tango, el futbol creció desde los suburbios. Era un deporte que no exigía dinero y se podía jugar sin nada más que las puras ganas”, dos piedras y una cosa pateable; a esta cualidad debe agradecer su popularidad y es este carácter masivo el que resguarda su poder para promover las causas que aboguen por los de abajo, los parias, los marginados, los nadie.

Cuando los futbolistas salieron a la calle en el mayo francés; cuando un jugador o un club se adhieren a una causa y transgreden el umbral de las fotos publicitarias en hospitales y ONG que los ayudan a librar impuestos, el hecho retumba y se disemina entre las consecuencias y el clamor popular. Por eso, aunque cada vez haya menos Sócrates, menos Ángel Cappas, que pasen de las proezas de la cancha a los libros rojos y los puños en alto, que se atrevan a cuestionar un modelo que nos enajenó con fantasías de consumo y, en nombre del yo, nos cegó ante la desigualdad, al tiempo que parece vedarnos el concepto de Para todos, todo.

El futbol sigue siendo político, aún posee la capacidad y ¿la responsabilidad? de abogar por un mundo más justo, menos Balones de Oro y más Tiki-Taka. Al final, he de reconocer que “todo lo que sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres, se lo debo al futbol”… o al menos eso dicen que dijo el portero del Racing Universitario de Argel, un tal Albert Camus, en sus inicios, cuando despejaba en cortito para salir jugando desde abajo y por la banda izquierda.

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