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Opinión

¿La solución está en el presupuesto?

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Mariana Otero, 69 KB, Presupuesto
Reporte Nivel Uno

El 2018 finalizó con el recuento de errores, aciertos y con la tradicional lista anual de intenciones y objetivos que tanto gobiernos y funcionarios proponen para que la situación en que se encuentra nuestro amado México mejore.

La rutina de todos los años incluye la aprobación de un presupuesto de egresos, por la que los diputados ponen y disponen de los dineros con los que se pondrán en marcha los programas y apoyos a la sociedad, entre ellos, los que se destinan al combate a la violencia contra las mujeres.

En la recta final de ese relato, la Cámara de Diputados cedió (en algunas cosas, no se emocione por favor) en rubros para abatir la violencia y la discriminación de género, pero no sin antes haber recibido no uno, sino varios jalones de legisladoras de todos los partidos que identificaron un primer planteamiento saturado de recortes a los temas que nos atañen (sí, a usted, a mi, a su mamá, si es que la tiene, o a sus hijas, hermanas, novias y anexas, es decir: A TODOS).

La discusión se elevó de tono cuando en las curules femeninas se defendieron los recursos para abatir la violencia feminicida o los servicios que prestan instituciones como el Instituto Nacional de las Mujeres, hasta que en cierta medida (que conste que advertí que no se emocionara usted), se hicieron cambios para que la disminución en el presupuesto no fuera tan drástica.

En el inicio de este 2019, cuando el estruendo de la discusión en San Lázaro, sede de la Cámara de Diputados, se evaporó, empiezan a fluir y publicarse los análisis más detallados respecto de las cantidades finales que se designaron, uno de ellos es el realizado por la periodista Fabiola Martínez en el diario La Jornada, en el que consigna una disminución del 28 por ciento a la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM) de la Secretaría de Gobernación. (Sí, ese que hemos citado en numerosas ocasiones en esta columna).

La reportera y experta en temas relacionados con la Secretaría de Gobernación, luego de cubrir la fuente durante varios años, explica que el presupuesto total a la CONAVIM tendrá recursos del orden de los 184.3 millones de pesos, lo que representa un recorte de poco más de una cuarta parte de lo otorgado para el 2018.

Algunos dirán que la disminución obedece a esa austeridad de la que tanto nos platica el gobierno federal, que hay que ahorrar en copias, celulares, honorarios, y que el recorte nada afecta al combate y prevención del número de feminicidios que va al alza. Es decir, habrá menos dinero aunque las cifras de muertes de mujeres sean mayores (Aunque ni usted no lo crea).

En la nota fechada el pasado 9 de enero, Fabiola Martínez detalla que en el periodo de enero a noviembre del año pasado se registraron 760 feminicidios, 25 más que en todo 2017, mientras que también hay incremento en las niñas y adolescentes que fueron asesinadas por el hecho de ser mujeres.

Aunque la discusión podría centrarse en la cantidad de recursos que se destinan para abatir este delito, (y pareciera que se enfoca solo en ello) vale la pena cuestionar por qué el número de víctimas mortales sigue en aumento.

¿Será entonces que los recursos que se han destinado no han servido para nada? Según la nota informativa de Martínez, 18 estados del país tienen solicitudes de alerta de género declaradas, y son las mismas entidades en donde las muertes van al alza, o en el panorama “menos peor” presentan los mismos números.

El Estado de México, entidad que brilla por… (sin mentir, en este momento no puedo recordar en qué se destaca positivamente), pero también sobresale en las noticias por ser la entidad en donde más mujeres desaparecen, y no quiero recordar el caso de la pequeña Camila en Valle de Chalco, “reportó una partida de 30 millones de pesos, pero hasta octubre pasado, según un oficio enviado a la CONAVIM, esperaba utilizar 25 millones en la compra de vehículos para la búsqueda de mujeres reportadas como desaparecidas en 11 municipios con alerta de género” (datos de Fabiola).

Otro ejemplo de que la cantidad de dinero pierde toda importancia cuando no hay una voluntad real para erradicar por completo esta brutalidad, es que el reporte de Veracruz ofrece un listado de viáticos para asistir a reuniones en Ciudad de México o el pago de una trabajadora que apoya a las víctimas, pero no da la cifra total que gastó… Es decir, con o sin austeridad, con o sin presupuesto, no hay resultados cuando no se tiene la voluntad para evitar que sigan matando a nuestras mujeres.

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

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Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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