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Opinión

Hay que alentar al lentificado (o aliéntenme si ando ralentizado)

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Carlos Organista, 76 KB,
Reporte Nivel Uno

Inmersos en el trajín diario de la “cedemexiqueña” ciudad capital —y área metropolitana que le acompaña— es difícil hablar de que algo se torne lento o que le baje tres rayitas a su intensidad, porque, a pesar del tránsito (o tráfico, para sonar más chilango o “cedemexiqueño”) y sus embotellamientos, vivimos todo el tiempo en una constante e inquietante aceleración.

El dichoso estrés, que le dicen… Pero con todo y la estresante vida del capitalino, de pronto hay momentos que nos hacen frenar la marcha, voluntaria o involuntariamente; como los plantones o desabastos de gasolina (aunque esas son otras historias…). El punto es que, por más paso que dure y no trote que canse, todo por servir se acaba, o se descompone, o se alenta…

Hace no pocos años escuché por primera vez decir que algo se había “alentado”, o sea, ya no funcionaba igual de rápido que antes. Claro, era la época de las computadoras de escritorio con procesadores que hoy parecen piezas de museo, pero que en su momento tenían nombres rimbombantes —como el famoso Pentium, cuyo uso obligó a rebautizarlo como Lentium, pues “jalaba” más rápido una calculadora que una PC con esas chunches—. “Mi compu se alentó”, llorábamos entonces por culpa de la obsolescencia tecnológica.

Más allá del problema con nuestros inútiles artefactos, me hacía ruido también aquello de “alentar” o “alentarse”. Y es que, en esa bonita costumbre que tenemos los mexicanos de convertir todo en verbo, sustantivo o adjetivo —como chamaquear en vez de engañar, agandallarse por aprovecharse o taquear por comer tacos; y bicicletero por reparador de bicis o globero por vendedor de globos—, se nos hizo fácil añadir un nuevo significado a alentar.

Según el Diccionario de la lengua española (DLE), la primera acepción de alentar es: “Animar, infundir aliento o esfuerzo, dar vigor a alguien o algo”. Justo como la usó, por ejemplo, el presidente Andrés Manuel López Obrador el 14 de enero pasado en Guerrero, según El Sur de Acapulco: “… aprovecho para hacer un llamado a todos los dirigentes del movimiento que llevó a cabo la transformación para que actúen con mucha responsabilidad y que no se aliente  la protesta contra las autoridades surgidas de otros partidos, que actuemos de manera respetuosa”.

Lo cierto es que esa forma de utilizar dicha palabra no es la más común en nuestro país; y ni qué decir de las otras acepciones que tiene, según el DLE: respirar ( absorber el aire), respirar ( cobrar ánimo), respirar ( descansar del trabajo) y mejorar, convalecer o restablecerse de una enfermedad.

En cambio, de acuerdo con el Diccionario de mexicanismos de la Academia Mexicana de la Lengua, alentarse (nótese que transformamos el verbo en intransitivo para darle otras cualidades) significa perder algo o alguien velocidad: “Mi carro se alentó con los años”; atontarse: “Javier se alentó en la partida de ajedrez”; o mejorarse de una enfermedad: “Se alentará de la tos con el medicamento”.

Todos esos son los significados que le hemos dado a la palabra, pero el más usado es el primero, como muestran estos bonitos ejemplos de medios digitales en nuestro país: “Acusa a PRI-PAN de alentar  reducción salarial… y mientras cobra completo”, del portal potosino laorquesta.mx; “5 hábitos que pueden ‘alentar’  tu metabolismo”, del portal Bienestar180 de Imagen digital; y esta joya de EstiloDF: “este batido es sumamente exitoso debido a la combinación de los alimentos que, además de acelerar tu metabolismo, te ayudarán a alentar  los signos de la edad” (o sea, ¿me vuelvo más viejo con ese menjurje?).

Así, aquello que comenzó utilizándose de manera errónea lo “mexicanizamos” y nos lo apropiamos; porque, hasta donde sé, más allá de nuestro país no se usa de la misma forma en que nosotros lo hacemos, pues la mayoría de hispanohablantes lo emplea en el sentido de animar o infundir aliento, particularmente a los equipos de futbol.

Entonces, ¿cómo le hacen en otros lugares para decir que algo se torna lento? Según la Real Academia Española, lo apropiado sería conjugar los verbos lentificar, ralentizar o enlentecer. Es decir, las cosas no se alentan, sino que se lentifican, ralentizan o enlentecen.

Así que ya sabe, es mejor alentar a los lentificados (o a los ralentizados)… porque aun cuando en México nuestros chicharrones truenan, como dirían en mi rancho: “mientras más semos, menos nos entendemos”, y no está de más ayudar a que nos comprendan en todo Iberoamérica. Luego por eso andan poniendo subtítulos a las películas mexicanas…

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

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el

Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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