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Opinión

El gobierno váucher

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Opinión, 54 KB, opinión
Reporte Nivel Uno

Es sumamente preocupante que un gobierno que se define de izquierda quiera resolver todos los problemas a través de la entrega de dinero en efectivo a las y los ciudadanos.

En lugar de crear instituciones que permitan garantizar los derechos constitucionales, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador está entregando los recursos del erario público en pedacitos, con claros tintes clientelares.

Eso pasó con las estancias infantiles de la Secretaría de Desarrollo Social y, lamentablemente, también ocurrirá con los recursos destinados a albergues para mujeres que sufren violencia de género.

El Plan de acciones emergentes para atender a las mujeres violentadas anunciado por el Gobierno Federal no tiene objetivos claros ni un plazo de cumplimiento. En tanto, los recursos etiquetados para los refugios en el Presupuesto 2019, no han sido aplicados.

El fondo del problema es la descalificación constante que hace López Obrador de las organizaciones de la sociedad civil. Como si se trataran de adversarias, el Presidente las acusa de corruptas y deshonestas sin investigación de por medio y pruebas fehacientes de sus dichos.

¿Por qué tomar la decisión de recortar todos los recursos que van a las organizaciones sociales? ¿Por qué no mejor realizar auditorías para saber qué organizaciones cumplen su función y cuáles no? ¿Por qué permitir que paguen justos por pecadores?

El Estado no lo puede hacer todo y el flujo de recursos es incluso riesgoso para las propias mujeres. Existen múltiples testimonios que ilustran cómo las mujeres, sobre todo las más necesitadas, son despojadas de recursos económicos que provienen de programas sociales. Sucede así, por ejemplo, con muchos de las y los beneficiarios de los apoyos en efectivo destinado a adultos mayores.

Por lo tanto, la transferencia de recursos económicos directos puede dejar a las mujeres en mayor vulnerabilidad. Esos efectos deben ser considerados. Desde la fracción parlamentaria del PRD en la Cámara de Diputados planteamos tres acciones en este asunto:

1. Qué se reconsidere el apoyo a los albergues y refugios contra la violencia de género. No sólo eso, sino que se incrementen los recursos. Recordemos que ha sido un inicio muy complicado en materia de feminicidios y que el 60% del territorio nacional tiene alertas de género. No debemos escatimar recursos en estos temas.

2. Una auditoría a fondo que muestre los casos de corrupción que sostiene Andrés Manuel López Obrador. Hace unos días, el Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales le pidió al gobierno de López Obrador que demuestre sus dichos sobre la corrupción en el Nuevo Aeropuerto Internacional de México. Algo así es fundamental en el caso de los albergues.

3. Una estrategia integral de combate a la violencia contra las mujeres. No sólo aspirinitas o váucher que no resuelven nada de fondo. Un abordaje integral que sirva de protección a las mujeres.

En mi calidad de Coordinadora del Grupo Parlamentario del PRD, el 4 de marzo acompañé en conferencia de prensa a representantes de la Red Nacional de Refugios A.C., que entregaron un pliego petitorio a la Junta de Coordinación Política de la Cámara de Diputados en la que solicitan un espacio de diálogo; respetar y ejercer los subsidios para los refugios etiquetados en el presupuesto de este año e integrar una Mesa de Trabajo Interinstitucional para atender este asunto.

Si un grupo de la población ha sido vulnerado en los primeros cien días del actual gobierno, han sido las mujeres y las niñas; al grado que AMLO pretende poner a consultas los derechos de las mujeres.

Nos opondremos con firmeza a este abuso que pretende pasar por encima de la Constitución de la República y las convenciones internacionales en materia de derechos humanos. Si el Gobierno de la República decide realizar esta consulta, encontrará a las mujeres y hombres perredistas en todas las trincheras que se opongan a tan aberrante decisión. Sobre advertencia no hay engaño.

Dijimos y nos sostenemos que no permitiremos ninguna acción que vulnere los derechos y el bienestar de las y los mexicanos.

Opinión

La crisis por el aire que se pelea en el asfalto

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Jorge Albarrán, 72 KB, aire
Reporte Nivel Uno

El tiempo se asfixia en el tráfico de la capital mexicana, en ese intervalo donde nos agotan los espacios muertos que parecen prolongarse en ríos de nada y materializarse en síntomas de estrés crónico que escupe insultos y maldiciones en un desesperado intento por desahogarse… aunque sea en balde, aunque ya no signifiquen nada. Y en medio del ruido de los cláxons y las mentadas de madre surge una discusión que a diario parece intensificarse con el uso de discursos cada vez más radicales: es la discusión por el uso del espacio público, más específico, la guerra no firmada de los cochistas contra los bicicleteros.

En las redes sobran los testimonios de automovilistas soberbios que no respetan los señalamientos ni los espacios exclusivos, los que acusan al ciclista, los que les arrojan el carro encima y se defienden con el argumento de que las calles son para los autos (como si éste fuera el único medio legítimo para transportarse), y los de las bicis son los intrusos, los sobrados, los otros. “No están en París”, se escucha a diario en el ajetreo de esta ciudad caótica por autodeterminación.

Los ciclistas, las aparentes víctimas de esta discusión, se adueñan de los beneficios ecológicos del motor humano y desde ahí justifican el meterse entre los carros, andar sobre las aceras, no respetar el sentido vial e incluso pasar por alto la preferencia que tiene el peatón que camina sobre un paso PEATONAL.

En ambos bandos abundan las muestras de irresponsabilidad y se propagan los discursos de odio como dardos que apuntan directo al sinsentido. Al final, dos cosas son muy claras en ambas posiciones: los automóviles sí contaminan mucho y en la capital mexicana no existe la cultura vial para poder andar en bicicleta con absoluta seguridad. Aún así, ambos medios de transporte son válidos para enfrentar las distancias cotidianas.

Aunque también es necesario reconocer que muchas ciudades enfrentan en la actualidad una seria crisis de movilidad. En el caso particular de la Ciudad de México, es irreal que se consideren normales los traslados de más de una hora, los embotellamientos diarios, el transporte público relleno de gente o el aumento en el número de ciclistas atropellados. El panorama exige la necesidad de reajustar el debate que muchas veces parece limitarse al “carros contra bicis”, y de esta forma comenzar a encontrar soluciones al problema de la movilidad urbana.

No sólo por el caos urbano que se genera, también se deben tomar en cuenta otras dos cuestiones esenciales, la primera la explica la activista Areli Carreón: “debemos enfocarnos en qué vamos a hacer ante esta dependencia absoluta hacia los combustibles fósiles en un entorno global en donde sabemos, es un hecho incontrovertido, que se va a agotar ese petróleo”. La segunda es que la OCDE estima que para el 2050 la contaminación del aire se convertirá en la principal causa de mortandad a nivel global.

Entonces la bicicleta sí puede funcionar como una alternativa ante el complicado escenario, porque, como dice Galeano: “no envenena el aire, ni contamina el silencio, ni tapona las calles”. Se vuelve el motor de dos piernas una forma de volver más eficientes los traslados, de ahorrar tiempos muertos, de aliviar el estrés y de combatir las imposiciones de algo que se asemeja mucho a un colonialismo mental ¿o acaso el auto no es, en algunos casos, una suerte de imposición cultural?

Por supuesto, para que la bicicleta funcione como una opción viable se debe comenzar por la creación de una cultura vial que se fortalezca con el respeto entre todos los usuarios del espacio público, dejar de propagar los discursos de odio que se esparcen como dinamita entre el calor sofocante de los embotellamientos y comenzar a entender que el carácter público de las calles implica la necesidad de compartirlas, porque a final de cuentas, las pagamos entre todos.

No se trata de una guerra de carros contra bicicletas, sino de comenzar a hacer válido el concepto de comunidad y asimilar que debemos echarnos la mano entre todos, porque se trata de buscar soluciones a una crisis que nos golpea desde lo inmediato del caos y el malhumor de las filas interminables de autos que se estacionan con el motor encendido; y desde la incertidumbre de un futuro que ya comienza a hacer palpable los estragos de un planeta que nos devoramos a diario.

Debemos de tomar en serio esta crisis por el aire para dejar de pelear en el asfalto.

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