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Opinión

#Metoo entre periodistas

Publicado

Mariana Otero, 69 KB, periodistas

La lucha por la igualdad de condiciones y la equidad entre hombres y mujeres, como todas aquellas cuyo objetivo es un equilibrio de poder entre dos grupos, tiene sus vicisitudes, sus malos ratos, e incluso sus contradicciones y círculos radicales.

No en pocas ocasiones me he cuestionado sobre el rumbo y los métodos utilizados han sido los correctos, otras veces, he sentido una emoción profunda al ver avances papables, jóvenes entusiastas cuya actitud de vida me convence de que muchísimos aspectos de machismo o misoginia empiezan a ser totalmente inadmisibles para las nuevas generaciones.

Ese entusiasmo sentí cuando en Twitter inició el movimiento #Metoo periodistas, al que muchísimas mujeres se sumaron en pocas horas, y que posteriormente se extendió hasta las actividades académicas y universidades públicas y privadas, como el Centro Universitario México (CUM)… (De donde algunas denunciantes, jóvenes familiares mías, aseguran que algunos docentes no tienen reparo en presionar, e incluso, sostener relaciones amorosas con alumnas).

Del entusiasmo, de saber que mi gremio, (al que me jacto a pertenecer por la valía de las personas que lo integran) podría sacudirse prácticas que van contra toda la esencia periodística (desde mi punto de vista esa sería: buscar la verdad, divulgarla y contribuir a tener un país mejor).

El entusiasmo sigue, se moderó a la parte en que jóvenes mujeres de todas las redacciones de noticias de México levantaron la voz para hacer visible algo que siempre ha estado ahí… lo único que aún no entiendo es ¿Periodistas desde el anonimato? (¿Si mencioné que a veces la lucha parece contradictoria?)

Durante mi vida reporteril y su paso por varias redacciones de noticias sufrí varios intentos de seducción… bastante torpes, incluso cómicos.

Hubo colegas que me invitaron a salir, pero también superiores jerárquicos que piropearon algunos atributos ajenos a mi ejercicio periodístico, en esas ocasiones mi respuesta fue poner un alto contundente a la situación.

Pero (como dice mi querida abuelita) cada quien habla como le fue en la feria, o como (espero que no) le sigue yendo.

Soy periodista y feminista, pero también soy humanista, y una cosa no debería excluir a la otra porque NO SON EXCLUYENTES.

En los relatos de Twitter encontré el nombre de muchos colegas y compañeros, a los que prefiero no nombrar porque también encontré muchos “casos de acoso” que consistieron en una invitación a salir, mandar “besos” o emoticones de besos por chat, o la petición de un superior jerárquico a una subalterna para que le presentara a su amiga… Eso pudiera ser increíblemente torpe (creo que la última vez que lo presencié iba en la secundaria, ¿o sería finales de primaria?), pero no es acoso.

Respeto y celebro con todo mi corazón que jóvenes universitarias y sus pares masculinos, desprecien formas de acoso, machismo o misoginia que hace veinte años estaban completamente normalizadas, eso nos da la garantía de que es el inicio de su desaparición.

Sin embargo, también me parece que es necesario que exista un manual de identificación entre el coqueteo bruto o torpe con el acoso sexual en el trabajo, pues en la época de los juicios sumarios vía redes sociales, pareciera que (como en la Revolución) “primero fusilo y luego verigüo” (otra frase celebre de la gran mujer antes mencionada).

La práctica de fusilamiento internauta (o de la “Inquisición digital”) se podría entender entre casi todo tipo de mujeres, casi, menos entre periodistas.

Como trabajadoras de la noticia estamos obligadas a corroborar, pero sobre todo, a evitar la difusión de lo que tanto está dañando nuestro ejercicio diario: las “fake news” (bautizadas así por el coumpadrei del nourte).

Sí, les creo a todas. Creo que habrán sufrido de violencia o acoso sexual en su lugar de trabajo, creo que el medio periodístico no es un santuario, y tampoco es el único lugar en donde esto pasa. Sí les creo cuando relatan que algún “jefe” las invito a salir, pero también creo que todos necesitamos aprender a diferenciar cuando se trata de violencia y cuando son técnicas de seducción tan hábiles como las de un topo a plena luz del sol.

Yo digo sí a la denuncia, sí a la valentía, sí a la visibilización, también digo no al linchamiento, y al uso del feminismo como arma para debilitar a nuestro gremio (ya estamos pasando una época bastante difícil).

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

Publicado

el

Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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