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Opinión

Defensores de la democracia

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Senador, 57 KB, democracia
Reporte Nivel Uno

El caso Marbury versus Madison (1803) es un hito en la historia contemporánea del derecho porque concluye con el establecimiento del principio de supremacía constitucional, cuyo significado es en términos concretos, que un cuerpo de jueces (no electo en las urnas) pueden expulsar del marco jurídico cualquier norma, creada y aprobada por el Ejecutivo y el Legislativo que contradiga la Constitución.

Resulta ser la Corte Suprema de Estados Unidos el primer antecedente de un tribunal constitucional en el mundo, aunque éstos surgirían formalmente en Europa en la segunda década del siglo XX con los valiosos aportes del célebre Hans Kelsen.

El control de constitucionalidad por parte de un cuerpo colegiado especializado ajeno al proceso de creación normativo es una parte fundamental del mantenimiento del régimen democrático porque es un medio de contención ante la falibilidad de los poderes ejecutivo y legislativo vulnerables a las pasiones propias de la permanente contienda por mantener el respaldo de los electores.

En resumidas cuentas, si los poderes electos en las urnas tratan a través de sus mayorías, mediante el proceso legislativo, imponer condiciones desventajosas para las minorías, los jueces constitucionales deben actuar en consecuencia invalidando, a través de sentencias fundadas y motivadas, todo acto que contradiga el espíritu de la norma fundamental; este hecho para usted y para mí, estimado lector, cobra especial relevancia por los derechos humanos contenidos en los textos constitucionales.

Las garantías que tenemos los ciudadanos sobre nuestros derechos fundamentales son esencialmente las actuaciones de los tribunales constitucionales en contra de las autoridades que pretendan vulnerar el principio de legalidad.

La Suprema Corte de Justicia de la Nación (SCJN) es el tribunal en México que ejerce el control concentrado de constitucionalidad y a pesar de que en múltiples países del mundo occidental los tribunales constitucionales fueron concebidos y han evolucionado desde el siglo XIX, en nuestro país esta institución comenzó a operar hace 23 años, precisamente en la recta final del régimen hegemónico priísta en donde el Presidente ejercía un arbitraje político, sujeto a su estilo personal, por lo tanto carente de certidumbre para las partes y para todos los ciudadanos, especialmente cuando se trataba de temas trascendentales para el país.

No podemos revivir aquellos tiempos de incertidumbre jurídica general propia de los sistemas autoritarios y totalitarios. En la medida en que mantengamos la autonomía de nuestro tribunal constitucional fomentando la elección de perfiles independientes y con una formación técnica especializada en el texto constitucional estaremos cuidando nuestra democracia y los mecanismos para hacer valer nuestros derechos fundamentales con la certeza de que los jueces constitucionales resolverán mediante procesos lógico-jurídicos las controversias.

Basados en estas consideraciones los senadores elegimos por un amplio consenso a la jurista Yazmín Ezquivel Mossa como Ministra de la SCJN, conscientes de que tenemos que fortalecer nuestro sistema jurisdiccional procurando fomentar la confianza en el Poder Judicial que encabeza precisamente este Tribunal Constitucional.

La recién electa ministra de la SCJN tendrá en sus decisiones la enorme responsabilidad de orientar sus criterios jurisdiccionales hacia el respecto irrestricto de la democracia y los derechos humanos defendiendo su progresividad. Como ex magistrado puedo decir que no es fácil la tarea de un juzgador, pero es confortante saber que las decisiones jurisdiccionales son la base de la paz social y el libre desarrollo de la personalidad.

Éxito, ministra Ezquivel, su talento es esencial para consolidar, a través de la revisión constitucional, desde el alto cuerpo colegiado que ahora conforma; el régimen de libertades que tenemos los mexicanos. Ni un paso atrás en la defensa de los derechos adquiridos..

Opinión

Anarquía: lo opuesto al caos

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Jorge Albarrán, 70 KB, Anarquía
Reporte Nivel Uno

Pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse.

Dentro del viaje por las caóticas redes del pensamiento que ideó James Joyce en ese extraño libro llamado “Ulises”, durante el juicio a Leopoldo Bloom, el Guardia Segundo lo condena y aterrado  cuchichea: “Y de negro. Un anarquista“.

Con la aguda sátira que caracteriza la obra del irlandés, se vuelve visible el terror que provoca el concepto anarquía. La idea de un mundo sin reglas parece quemar en la complejidad de eso que llaman una buena moral; y luego, con el tiempo, se tergiversó el término hasta el punto que hay quienes consideran que el tenebroso atentado en contra de la comunidad musulmana en Nueva Zelanda del pasado 15 de marzo es un “acto anárquico”… ¡Habrase visto insolencia!, diría Mercedes Sosa.

En México, desde hace algunos años, todos aquellos que violentan cualquier manifestación social son, de inmediato, catalogados como anarquistas. Los que queman metrobuses, ¡anarquistas!; los que grafitean el patrimonio público, ¡anarquistas!; los grupos de choque que se enfrentan contra policías en medio de protestas pacíficas, ¡violentos radicales anarquistas!… ¿Y los que se organizaron sin necesidad de una forzada estructura jerárquica durante el sismo del 19 de septiembre?, esos no, esos no son anarquistas, porque vivimos en un mundo maniqueo donde los anarquistas son los malos y la gente del 19S son los buenos y pues no tienen nada que ver.

Pero, en realidad, pocas situaciones pueden ejemplificar con mayor claridad una auténtica anarquía como la organización ciudadana que se dio tras el sismo de la Ciudad de México. El anarquismo es una doctrina política que implica organizarse. Como movimiento intelectual surge en Europa, durante la segunda mitad del Siglo XIX, bajo la tutela de unos pensadores viejitos, medio calvos y muy barbones, como Pierre-Joseph Proudhon, Mijaíl Bakunin y Piotr Kropotkin, por mencionar algunos.

Quienes fundamentaron sus ideas en otra corriente conocida como materialismo histórico, la cual implicaba la ruptura definitiva con el cristianismo medieval y permitía entender que todas las personas estaban condicionadas por su entorno social (una cosa muy básica que también dio mucho miedo cuando la llamaron marxismo), y desde esta trinchera proclamaron que el ser humano tiene la capacidad de vivir en una sociedad armónica sin la necesidad de que alguien le imponga una autoridad. “Ni dios ni amo”, consignaron… y el mundo se estremeció y los condenó.

Sin amos, sin naciones y sin jerarquías hegemónicas, deja de tener sentido que se armen hasta los dientes en el nombre de la paz, deja de tener sentido que el beneficio de uno implique la miseria de otros… tal vez por eso la palabra da tanto miedo, porque la idea que encierra imposibilita que se cometan muchas de las atrocidades que al día de hoy seguimos viendo tan normales.

Una sociedad anárquica imposibilita la existencia de la trata de blancas que alimenta las lucrativas redes de prostitución; cancela la explotación laboral asiática y las guerrillas africanas en pro del consumo tecnológico occidental; el deterioro ambiental y la supremacía del hombre sobre la mujer.

A menor escala, en los vaivenes de la vida diaria, el anarquismo no se trata de sembrar el caos, vestir de negro y andar por la calle escuchando sonidos guturales; en realidad, es más cercano a la necesidad de buscarnos para aprender a organizarnos, reconocer nuestro rol como individuos en medio de una comunidad y desde ahí cumplir con nuestra responsabilidad en beneficio propio y del colectivo. Ser un anarquista se refiere a la compleja tarea de saludar a los vecinos, de tolerar a los otros, de tirar la basura en su lugar, ceder el paso, respetar una fila, un horario o un cajón de estacionamiento, en otras palabras, negar todo lo relacionado con la “picaresca mexicana”.

Una mera utopía tal vez, una forma de organización que se aleja con la eminente proliferación de los discursos de odio que comienzan desde la seguridad que da el estar detrás de una pantalla y explotan en las formas más cruentas de violencia, producto de la incapacidad de poder respetarnos o de menos tolerarnos.

Es en este mundo que no deja de hacer patente su forma más cruel, que algunos de estos viejos conceptos, con una esencia tan linda, deben volver a ponerse sobre la mesa, tal vez no para adecuarlos a la compleja estructura social que hemos construido, porque tal vez también los arruinaríamos y terminaría por volver a hacerse presente la necesidad humana de despreciar al Otro.

Aunque, al final, no perdemos nada con agregar a nuestras vidas una pizca de anarquía, puede que así dejemos de matarnos tanto.

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